Plovdiv, Capital de la Cultura Europea

Encrucijada de los arrebatos agresivos procedentes del Oriente y de la resistencia europea para impedirlos, Bulgaria sufre, más aún que otros países de la zona, las consecuencias, políticas, económicas y culturales, de las invasiones que la amenazaron sobre todo desde la expansión del islamismo en el medievo. Este oleaje se repite ahora en Europa de una forma dolorosa y apresurada con la llegada de multitudes de refugiados que huyen de la guerra iraní. Paradójicamente, bordean actualmente con desinterés estas fronteras que arrancan del mar Negro, antaño tan maltratadas por la ocupación de pueblos invasores, hogaño aglomeraciones obsesionadas con franquear las lindes germánicas. La huella del Islam trata de disimularse, pero permanece, a poco que se pregunte, en los larvados recuerdos y en los comentarios renuentes de los búlgaros. La permanencia del cristianismo ortodoxo se renueva en torno a las renacidas iglesias urbanas y sobrevive en las que lentamente se recuperan para incorporarlas a su nutrido patrimonio cultural.

Los viajeros estuvimos por estos lares con ocasión de entregar La Pomme d’Or, o Golden Apple, que la Federación Internacional de Escritores y Periodistas de Turismo concede anualmente, desde hace setenta años, a una ciudad europea seleccionada por su trascendencia histórica, cultural y turística. En esta ocasión la selección reparó en Plovdiv, porque reemplaza en el rango de capital cultural europea a nuestra hispánica San Sebastián.  Plovdiv presume de ser la metrópoli más antigua de Europa, y posiblemente lo sea. Los vecinos de esta ciudad, la segunda en importancia búlgara después de Sofía, en este designación, un signo esperanzador para avanzar, tras el reconocimiento de su legado histórico, en la integración eficaz de su capitalidad europea.

Plovdiv es, como Bulgaria, una encrucijada de designios y expectativas dispares. La ciudad trata de sacudirse el lastre de una historia de invasiones. Si el islamismo dejó una impronta que pesa más en el recuerdo cuanto más tratan de distanciarse de ese pasado para olvidarlo, el comunismo se expresa todavía en las dificultades para salir de ese,  todavía reciente, atolladero. Tanto la ciudad como la nación pugnan por comunicarse al exterior, por mirarse en el espejo de la Unión Europea, por resurgir de la postergación histórica en que les sumió el islamismo, primero, y el comunismo después. Las huellas del retroceso industrial y urbano quedan patentes al observador.

Inscrita en las descalcificadas fachadas de muchos edificios casi arruinados, la derrumbada grandilocuencia del imperio soviético pesa como un fardo en el tránsito, bien taciturno o bien alborotado, de sus calles y sus plazas, no preparadas para una circulación que va en aumento. Los hábitos heredados se resisten a adaptarse al ritmo de una Europa a la que no acaban de habituarse, y en la que buscan retratarse para reconocerse como miembros de la Unión. Las dificultades para subir el escalón se manifiestan en una industria hostelera deficiente. Sin tradición para cumplir con los servicio de una clientela que será cada vez más exigente, necesita esforzarse, para afrontar con solvencia sus pretensiones. El hotel reservado por los propios munícipes a los huéspedes que aportaban La Pomme d’Or y la propia ceremonia de recepción del premio, no estaban a la altura de lo que cabe esperar de una ciudad que aspira a rivalizar con las que anteriormente han sido seleccionadas para figurar en la nómina de capitales de la cultura europea. Son aspectos que conviene advertir para que el viajero comprenda los problemas del desafío planteados a esta municipalidad ambiciosa pero condicionada por las limitaciones de su infraestructura turística.

En la malgastada arquitectura de ornamentaciones deslucidas, cornisas semiderruidas y ventanas de aluminio desgastado, la ciudad de Plovdiv incita al viajero a comprender el esfuerzo búlgaro por desembarazarse de las herencias invasoras. Por la zona antigua de esta ciudad trimilenaria se hospedó Lamartine en busca del corazón del imperio otomano. En la misma casa que habitó el escritor en su peregrinaje, el presidente Miterrand dejó grabado en la piedra, siglo y medio después, un recuerdo escrito para recordar la estancia del poeta. El quiero y no puedo de los nuevos edificios expresa la dificultad por emparejarse con las naciones mas occidentales que la delimitan. En ese forcejeo emergente, llega al ayuntamiento de Provdiv una oportunidad simbólica con  el nombramiento como capital cultural europea. Tan próximos a la resignación como a los deseos de cambio, los esfuerzos municipales abordan la magnífica tarea de recuperar a toda prisa, rescatándolo del silencio, un patrimonio cultural único que pocas ciudades podrían igualar.

Bajo sus calzadas, ahora muchas en apresurada excavación, se ocultan al menos cinco ciudades predecesoras de la actual. La vieja Filipópolis de los griegos y macedonios, una de las principales concentraciones urbanísticas europeas prerromanas. Trimontium fue el nombre de la ciudad romana que llegó a ser el centro cultural de la zona. Por  allí pasó Ovidio para llegar a Tomis, la actual Constanza, a pasar su exilio. Esta es la vieja Tracia de los gladiadores, la que pudo atravesar Adriano con Antinoo para llegar al Ponto y relata Yourcenar en las Memorias de Adriano. Su grandeza se muestra en el teatro Antiguo de la época del emperador Trajano, descubierto no hace aún medio siglo cerca del río Maritza, cuya sonoridad pudieron apreciar ambos viajeros en una notable representación de la Carmen de Bizet. Ese pasado emerge ahora en la recuperación del gran estadio romano, que se extiende más de trescientos metros de longitud en el subsuelo del asfalto urbano,  donde se jugaban los juegos píticos y alexándricos.

La ciudad bizantina posterior pervive en la pequeña iglesia de Santa Elena, la madre de Constantino, rescatada al culto ahora tras haberse convertido en mezquita durante la dominación otomana. Objeto de la curiosidad de los escritores occidentales y de explotación por los devastadores orientales que invaden en nombre de la media luna este territorio pacíficamente ortodoxo, la huella otomana se percibe lejana y silente. Los trabajos para recuperar el medievo cristiano se centran en restaurar la pequeña basílica medieval en el centro de la ciudad. De la gran basílica, apenas quedan vestigios bajo el suelo de la construcción actual en la que aparecen anárquicamente combinados la presencia del imperio austrohúngaro y el sobrio deslucimiento la dominación soviética.

En las conversaciones diarias de esta sociedad, que se debate entre la nostalgia de un pasado, que actualmente es recobrado como testimonio histórico y cultural, se advierte la frustración que ha dejado en sus habitantes la reciente experiencia comunista y la dificultad que sienten para incorporarse en esta época de crisis a la propuesta unificadora europea. Fuera de los caminos que unen Macedonia a la Europa germánica, la tantas veces invadida Plovdiv no sufre, sin embargo, la presión de los refugiados que suben desde Grecia y la rehúyen con indiferencia mientras pasan a Macedonia. Como los búlgaros también ellos ponen su mirada en occidente. Sopesando los malos recuerdos de las épocas otomanas,  evitan la conversación cuando se les inquiere por su proximidad.

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