DESILUSIÓN

“Les deseo lo mejor. Amo demasiado a los españoles. He transitado por buena parte de su obra imperecedera y sólo quisiera que la historia actual les hiciera justicia ante tanta grandeza pasada.”

Esta frase, de mi querido amigo Jorge Muzam, forma parte del comentario que deja en uno de mis posts en internet y que me sirve a mí para iniciar éste.

Me pregunto, no sin cierta angustia y, casi, con desesperación, ¿dónde nos ha ido a parar aquella grandeza pasada de la que nos sentíamos tan orgullosos a la que se refiere Jorge? ¿dónde aquellas ilusiones tras cuarenta años de dictadura, y la posterior democracia, que nos hacía pensar que la justicia iba a enseñorearse de todos los estamentos del Estado?

Recuerdo aquellos años, tras la muerte de Franco, justamente cuando yo empecé a publicar mis artículos en el periódico local, artículos llenos de ilusión, vibrantes de emoción, cuyo contenido versaba sobre todo lo que iba aconteciendo. Fueron cientos de artículos, uno a la semana.

Mis estudios de Sociología, por aquél entonces, me ayudaron a pensar, a extrapolar ideas, a familiarizarme con pensadores como Weber, Spencer, Parsons, Durkheim, Mosca y tantos otros que me aportaron tantas ideas, que me fueron familiarizando con la filosofía, con la necesidad de participar en construir un mundo mejor, un mundo donde cada cual aportara su granito de arena, un mundo donde, cada cual, supiera discernir entre el bien y el mal, como me enseñó Platón, como me sugería Aristóteles.

Y así se fueron pasando los años y mis artículos deben de sumar cerca de tres mil. Los guardo por algún lugar de la casa, perdidos y olvidados por las estanterías, amarillentos y tristes, las palabras perdidas en el tiempo, las frases olvidadas, las ilusiones perdidas.

¿Dónde fueron a parar aquellos luminosos días de primavera cuando, gozosa, acicalada y guapa, me dirigía a depositar mi voto en la urna para ejercer mi derecho. De aquello ya no queda nada.

Recuerdo, en una ocasión, el que fuera ministro de la Vivienda, a la sazón, diputado por Zamora, mi ciudad, me llamó un día para ponerme en las listas. Me decía que yo tenía un gran predicamento. ¡Dios mío! Hasta me pareció una atrocidad que me propusiera algo de tanto calado.

Yo tan inexperta, tan ignorante, tan poco preparada para tan alta responsabilidad. Noooooooooo, por Dios, de ninguna manera aceptaría algo así.

Entonces estaba convencida de que los cargos importantes eran ostentados por gentes sabias, justas, expertas, gentes que sabían más que nadie y que hacían las cosas mejor que nadie porque para gobernar se requieren sabiduría, ecuanimidad, afán de justicia, espíritu de servicio, generosidad. Y, por supuesto, hacer las cosas mejor que nadie.

Todo esto y mucho más, imaginaba yo, quería yo, creía yo; que los que gobernaban deberían poseer.

¿Qué ha ocurrido en todos estos años? ¿Dónde han ido a parar nuestras ilusiones?

He dejado de ir a votar, he dejado de leer todo lo referido a los políticos, he dejado, incluso, de ir a misa, -sólo en bodas, entierros o celebraciones puntuales-. He dejado de creer en cualquier tipo de institución, civil o religiosa.

Aunque me bautizaron católica, reniego del hipócrita catolicismo. Me gusta denominarme cristiana. Simplemente.

No quiero seguir porque me duele, porque duele la situación social española, tan peligrosamente dividida entre izquierda y derecha, entre gentes que se consideran de una facción o de otra e ignoran lo que son las ideologías, lo que son las ideas que emanan de la propia reflexión, del pensamiento, en suma. Gentes teledirigidas, marionetas al viento a merced de quién les favorece.

Debería de estar penado por ley la pérdida de ilusión por la que pasamos muchos españoles por mor de la acción de nuestros gobernantes.

Este artículo lo firmaba un 14 de septiembre de 2010 (¿Les suena?)