Cory Doctorow publicó en octubre del año pasado su teoría en el libro Enshittification —“mierdificación”, un término inventado por él para describir un fenómeno que muchos sufrían, pero pocos sabían nombrar—. Según Doctorow, las plataformas digitales como Twitter mueren siguiendo un proceso de tres fases.
Primero, la plataforma es fantástica. Ofrece servicios gratuitos, herramientas útiles y conecta a los usuarios con personas interesantes. Twitter fue durante años “la plaza del pueblo”: sencillo de usar, con contenido relevante y una lógica conversacional reconocible.
En una segunda fase, cuando los usuarios ya están atrapados —porque sus amigos, contactos y comunidades están allí—, la plataforma cambia las reglas. Comienza a priorizar la publicidad invasiva o el contenido no solicitado para satisfacer a los anunciantes. La experiencia del usuario deja de ser el centro.
Finalmente, la plataforma exprime tanto a los usuarios como a las empresas para maximizar beneficios. En ese punto, la experiencia se degrada tanto que el servicio se vuelve casi inservible.
La compra de Twitter por parte de Elon Musk, según la lectura de Doctorow, aceleró brutalmente este proceso, especialmente tras el cambio de nombre a X. Lo que antes era una degradación lenta se convirtió en una estrategia explícita. El despido masivo de equipos de moderación abrió la puerta al caos. El sistema de verificación dejó de ser una señal de fiabilidad para transformarse en un altavoz para quien paga. Esto rompió la confianza en la información y favoreció la amplificación de contenidos de odio o división, precisamente porque son los que generan más interacción a base de indignación. Sin ética, pero con clics.
El presidente del Gobierno ha planteado recientemente la posibilidad de restringir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. El objetivo declarado es proteger la salud mental y evitar la exposición a contenidos inapropiados. Si conectamos esta propuesta con la tesis de Doctorow, aparece un conflicto de fondo: las redes sociales, especialmente bajo gestiones carentes de responsabilidad ética como la de Musk, utilizan algoritmos diseñados para retener la atención el mayor tiempo posible.
Para un menor de 16 años, cuyo cerebro está aún en pleno desarrollo, estos algoritmos funcionan como auténticas armas de distracción masiva.
Doctorow sostiene que el problema no es solo que los menores estén en internet, sino que están en un internet “mierdificado”. Las plataformas ya no intentan ser útiles; intentan ser adictivas. Cuando una red social prioriza el beneficio económico sobre la seguridad, los menores se convierten en el producto más vulnerable.
Su diagnóstico apunta a un problema estructural: es difícil abandonar X porque tus contactos están allí. Si los usuarios pudiéramos trasladar seguidores y redes de una plataforma a otra —como cambiamos de operador móvil manteniendo el número—, las empresas tendrían que competir por ofrecer una mejor experiencia, no por capturar nuestra atención a cualquier precio.
Lo que Musk ha hecho con X es un experimento en tiempo real. Ha demostrado que una infraestructura clave para la comunicación pública puede degradarse rápidamente cuando se supeditan sus reglas a los caprichos de un propietario o a una monetización agresiva.
Para los jóvenes, X se ha convertido en un entorno hostil. La exposición constante a desinformación, discursos de odio y estafas es ya parte del día a día. El intento del Gobierno de establecer límites es una respuesta directa a esta degradación. El problema es que, mientras las plataformas sigan el ciclo de la enshittification, siempre encontrarán formas de esquivar las restricciones para seguir captando la atención de los más jóvenes.
A pesar de todo, Doctorow mantiene un cierto optimismo. Cree que internet puede recuperarse si se obliga a las empresas a comportarse de manera responsable. Las leyes que restringen la recopilación de datos de menores atacan directamente el motor de la mierdificación: sin datos para segmentar anuncios, disminuye el incentivo para diseñar algoritmos adictivos.
“Internet debería ser un espacio de conexión humana, no un centro comercial vallado donde el dueño decide qué ves y cuánto tiempo pasas mirando anuncios”.
Quizá la clave para proteger a los menores de 16 años no esté solo en prohibiciones de acceso, sino en exigir que las plataformas abandonen los algoritmos que premian la degradación del contenido. Si las redes volvieran a ser herramientas útiles en lugar de casinos emocionales, el riesgo para la juventud sería considerablemente menor.
El libro de Doctorow nos da las palabras para comprender el deterioro de X. Elon Musk es el ejemplo paradigmático de cómo el poder absoluto sobre una plataforma puede acelerar su decadencia.
Ante la propuesta del Gobierno, el debate debería ir más allá de la edad mínima de acceso. La pregunta central es qué tipo de internet estamos permitiendo que se construya. Si aceptamos que el ciclo de la mierdificación continúe, ninguna restricción será suficiente para proteger a los ciudadanos, tengan la edad que tengan. @mundiario
*Referencia
Cory Doctorow, Enshittification: Why Everything Suddenly Got Worse and What to Do About It (Mierdificación: por qué todo empeoró rápidamente y qué podemos hacer al respecto). Farrar, Straus and Giroux, 2025.
