Durante el siglo XX dominaron los medios calientes: prensa escrita, radio y cine. Eran medios de alta definición, que ofrecían mucha información y exigían poca participación del receptor. El lector o el oyente recibían un mensaje ya elaborado y fiable. La conversación pública avanzaba despacio, marcada por la periodicidad de los diarios o los boletines radiofónicos. McLuhan clasificó la televisión como medio frío, aunque su evolución la convirtió en un medio caliente.
Ahora mandan los medios fríos, aquellos que requieren la intervención constante del usuario: redes sociales, plataformas de vídeos breves, mensajería instantánea y teléfonos móviles. Son medios diseñados para la participación, pero también para el conflicto. En ellos, la velocidad importa más que la reflexión, la reacción más que el análisis, la emoción más que el argumento. McLuhan lo explicó décadas antes de que existiera internet. Los medios fríos han reconfigurado la esfera pública hasta convertirla en un espacio de estímulos permanentes, donde la atención es un recurso escaso y han transformado la política en la gestión de emociones colectivas.
Los billonarios convertidos en tecnooligarcas han entendido esta lógica y se han lanzado al control de estos nuevos medios: Elon Musk con X, Larry Ellison con TikTok, mientras que los viejos medios, incluso aquellos con prestigio histórico, como el Washington Post, que compro Jeff Bezos hace solo 12 años, pueden ser arrojados al basurero de la historia sin remilgos.
A esta transformación tecnológica se suma otra de carácter institucional. La sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos en 2010 (Citizens United v. Federal Election Commission) eliminó los límites a las aportaciones económicas a las campañas electorales. Desde entonces, el flujo de dinero se ha disparado. Según diversas estimaciones, los grandes donantes, principalmente los tecnooligarcas, que en las elecciones presidenciales del año 2010 aportaron 18 millones de dólares, gastaron 2.600 millones en las elecciones del 2024 y han comprado un gran poder político. alterando la estructura misma de la competencia política
La combinación de ambas fuerzas —medios fríos que moldean emociones y un sistema de financiación electoral, con pocos límites en la potencia dominante, donde tienen su sede los tecnooligarcas, otorga un poder desmesurado al dinero en la política. Uno de sus objetivos es que las personas jóvenes que solo consumen medios fríos voten a partidos de la extrema derecha que pretenden la destrucción de los estados tradicionales. Están teniendo éxito en países como España.
A este panorama se suma ahora una fuerza aún más disruptiva: la inteligencia artificial generativa. Si las redes sociales aceleraron la conversación pública, la IA la automatiza y la personaliza. La lógica de los medios fríos —participación constante, reacción inmediata, estímulos permanentes— encuentra en la IA su aliado perfecto. Los algoritmos ya no solo distribuyen contenidos: los producen, los adaptan y los optimizan en tiempo real para cada individuo. La IA también permite predecir comportamientos. En un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso, quien controla la IA controla el flujo de atención global.
La IA puede generar contenidos políticos personalizados, narrativas adaptadas a cada grupo, bots que simulan conversaciones humanas y campañas emocionales segmentadas, lo que permite moldear la opinión pública de forma más rápida, más barata, más precisa y más difícil de detectar. En un sistema donde el dinero ya influye de manera desproporcionada, la IA multiplica esa influencia hasta niveles inéditos.
Los mismos tecnooligarcas que controlan los medios fríos están destinando cantidades astronómicas al desarrollo de la inteligencia artificial. Es una apuesta estratégica por el control de la infraestructura emocional, informativa y económica del siglo XXI. Quien controle esta infraestructura tendrá un poder comparable al de los Estados del siglo XX.
La combinación de medios fríos que moldean emociones, financiación política sin límites e inteligencia artificial capaz de generar influencia a gran escala, crea un ecosistema donde la democracia compite en desigualdad frente a actores privados con recursos casi ilimitados: los tecnoligarcas que buscan poder económico, cultural, informativo y político, para que los gobiernos no puedan prescindir de sus sistemas y también inmunidad para volverse indispensables y, por tanto, intocables
La advertencia del economista Gabriel Zucman: la batalla del siglo XXI es entre democracia y oligarquía— adquiere una nueva dimensión: la oligarquía ya no solo posee riqueza, sino también poder y capacidad de modelar la realidad.
Los medios fríos nos abrasaban. La inteligencia artificial nos puede incinerar. @mundiario
