VIETNAM Y SUS MIL SENSACIONES

Tenía muchas ganas de conocer Vietnam. Me imaginaba un país asiático, semejante a Malasia o Indonesia, pero no había elucubrado sobre lo que iba a encontrar en él, aunque sí había oído decir a todo el mundo que Vietnam era algo especial. Por eso no había indagado nada al respecto, preferí dejarme llevar y descubrirlo poco a poco. 

Por tanto, lo primero que llama la atención de este país, y, concretamente, en la ciudad de Hanoi donde recalamos, es su tráfico, un infernal tráfico, sobre todo de motocicletas, que llenan constantemente sus calles plazas y avenidas; cientos de motocicletas conducidas por hombres, mujeres, familias enteras, adolescentes, chicos y chicas, solos o portando multitud de enseres, circulando a cualquiera hora del día o de la noche. Incluso mujeres, aparentemente ancianas, cargadas con todo tipo de productos, desde cajas de huevos, flores, pan, bolsas de leche, figuritas de papel, cubos de fregar, todo lo inimaginable es portado por los miles de personas motorizadas. 

Pese a toda esta baraúnda apenas se utilizan los semáforos, aunque no se ven demasiado; se cruza la calle cuando se puede, simplemente hay que echarle valor y levantar un brazo, o no, y caminar decidido. Automáticamente, la turba de motos disminuye la velocidad para dejar pasar a los peatones. Este fue un ejercicio que nuestro grupo aprendió enseguida y perdimos el miedo que, en un principio, nos llenó de pánico. Lo cierto es que los vietnamitas viven en un caos organizado de tal manera que ellos lo aceptan sin mayor problema, y el viajero también. Y en ese caos circulatorio, nos dicen, no hay accidentes graves, algún roce solamente. Sí los hay, en cambio, aunque no demasiados, en carreteras o autovías porque se circula a mayor velocidad. Lo cierto es que, en las calles de Hanoi, aunque hay un tráfico infernal no se oyen excesivos pitidos, ni voces ni nada de lo que ocurre en España cuando alguien adelanta o hace algo incorrecto, que todos gritan y vociferan. Allí hay un murmullo de fondo, cosa lógica, pero inevitable 

En Vietnam se vive en la calle, muy concretamente en las aceras. Las aceras son en este país, como la sala de estar de cualquier casa.  En las aceras se desayuna, se almuerza, se cena, se compra y se vende, se socializa, se cocina, y se vive con una tranquilidad que asombra al viajero. Por cierto, los vietnamitas se sientan en unas diminutas sillas que llenan las aceras por completo, sillas y mesas diminutas, de plástico de colores, como las que usan los niños en España. Y en estas sillas y mesas hacen sus negocios mientras los turistas, turbas de españoles por todos lados, regatean y se comunican. Nunca olvidaré las aceras de Hanoi, incluso vi algunas gallinas picoteando por el suelo. 

Y en medio de este caos, como digo, donde todo tipo de productos se exhiben en las aceras, desde frutas, libros, cazuelas, hilos, carnes, barbacoas donde se cocinan perritos calientes o pinchitos de pollo o cerdo, sin embargo, todo esta limpio y recogido. Los vietnamitas son muy limpios, incluso los lavabos de cualquier chiringuito, todo reluce y el turista, o el viajero, se confía inmediatamente a esa forma de vida y lo agradece. 

Sin embargo, en Vietnam, aunque no hay necesidades básicas, hay pobres oficiales, y digo esto porque el gobierno proporciona a algunas familias un carnet de pobre. Curiosamente, estas familias no quieren que se les de estos certificados porque son orgullosos y les avergüenza que sus vecinos sepan que tienen ciertas necesidades, pero los ayuntamientos investigan y les facilitan estos carnets. 

Existen 54 etnias, cada cual con sus religiones y costumbres. Los budistas, por ejemplo, tienen muy en cuenta, cuando una pareja desea contraer matrimonio, el día de nacimiento, el mes, e incluso la hora, de cada uno de los contrayentes para que los horóscopos le sean propicios. Por ejemplo, aunque la pareja posea unos horóscopos compatibles, sin embargo, tienen que esperar a un determinado día del mes, u hora para que resulte un buen matrimonio. Por tanto, ellos consideran que teniendo en cuenta todas estas premisas se acierta. Por el contrario, si se ignoran el matrimonio puede resultar un fracaso.  

Hay que imaginarse una calle de Hanoi, estrecha, no más de cinco metros, repleta de restaurantes, bares y cafeterías a ambos lados, y que a horas punta se llenan de gente para comer, tomar copas o reunirse, simplemente. Como ya hemos dicho, todos estos locales, que tienen sus clientes, colocan en la calle multitud de sillitas y mesitas donde la gente se sienta, aunque hay muy poco espacio entre la propia pared de la calle y el centro, donde existe una vía de tren. Pues hay que imaginarse que a una hora determinada pasa un tren con pasajeros, a su destino, pero antes de que llegue  se oye un pitido estruendoso para avisar a la concurrida calle de que llega el tren. Entonces, todos los que ocupan las sillas tiene que girar sus piernas hacia un lado u otro para que el tren no lo atropelle pues apenas hay un palmo entre los vagones y sus piernas. Los propios dueños de los establecimientos avisan a sus clientes para que se retiren un poco, que tengan cuidado. La gente, en su mayoría turistas, ríen y gritan porque la adrenalina se dispara. Todo el mundo saca sus móviles para inmortalizar el momento. 

Mientras tanto se pueden degustar los platos típicos vietnamitas, muy ricos en vitaminas pues apenas llevan nada de grasa. Prueba de ello es que los vietnamitas son todos delgados y fibrosos. Puedo asegurar que no vi a ningún nativo gordo. Por cierto, las jóvenes, casi todas, bellísimas, les encanta ponerse guapas. Podíamos encontrarnos con grupos de chicas jóvenes, vestidas con sus trajes de seda o satén largos, con profundas aberturas a los lados, y pantalones bajo el traje, con zapatos preciosos sentadas en cualquier parque, sonriendo y posando pues los turistas les hacen fotos y a ellas les gusta. También se maquillan mucho, pero de manera muy fina. Hay que destacar la belleza de las mujeres vietnamitas. 

Otro dato, no hay mendigos ni pobres pidiendo por las calles. Tampoco vagabundos tirados por el suelo. Aunque sus economías son precarias viven de esos trabajos del día a día, vendiendo y comprando con gran dignidad. Y como contrapunto, vi a varios vietnamitas, sobre todo mujeres, llevando a sus perritos, pero no perritos cualesquiera, sino todos ellos con pedigrí, como los que llevan las señoras ricachonas, incluso las gentes aristócratas, o como los que tenía la reina Isabel de Inglaterra o la Reina Sofía. Pensé que tal vez en Vietnam abundan estas razas de canes tan especiales. O que allí no lo sean tanto.  

También observamos la religiosidad en los templos donde acuden con frecuencia a adorar a sus dioses llevando ofrendas de todo tipo. Así los altares lucen repletos de botellas de aceite, saquitos de arroz, cajas de galletas o chocolate, embutidos, carnes o pescados, incluso ropa. Preguntamos que qué hacían con todo aquello y nos dicen que lo consumen los monjes de los templos y lo que sobra lo entregan para la beneficencia. 

Nos llamó la atención las fachadas de los edificios, en su mayoría muy estrechas porque es muy caro el terreno. Así los vietnamitas viven en casas de varios pisos a los que hay que subir por inverosímiles escaleras, algunas de caracol, porque no hay espacio. Y así se pasan la vida subiendo y bajando para acceder a las diferentes estancias de la casa. Nos imaginamos que este ejercicio de los vietnamitas les favorece también para tener esa apariencia tan esbelta. Era alucinante ver a los camareros subir por esas escaleras portando bandejas repletas de tacitas con café con huevo, una de las especialidades que probamos. 

También hay edificios modernísimos, como los que vemos en cualquier lugar de Europa, amplios y lujosos, sobre todo los hoteles y otros edificios oficiales o de modernas construcciones de viviendas de lujo. Pues también en Vietnam convive toda esa vida callejera de las calles principales de las grandes ciudades con las lujosas tiendas de marcas de coches de primera gama y de ropa carísima de lujo. Todo es posible en Vietnam. 

Y mientras todas estas impresiones nos van situando en la vida de este país tan singular, se puede visitar el edificio del Mausoleo de Ho Chi Minh, donde los vietnamitas hacen colas de varios kilómetros con una paciencia infinita, aunque sólo se les permite ver el exterior. Al salir se puede contemplar la Pagoda del Pilar Único, o de una sola columna. Y la visita continúa con el Templo de la Literatura, fundado en el siglo XI y dedicado a Confucio, convirtiéndose más tarde en la primera Universidad del país. Y todos estos espacios siempre están repletos de vietnamitas que gustan de visitar estos lugares emblemáticos. Uno de ellos es la Bahía de Halong. 

 

Cuando llegamos a la Bahía de Halong, en barco, la visión es fantasmagórica e irreal, pues en esos momentos se ponía el sol y ante nuestros atónitos ojos, un magnífico conjunto de 1969 islas, islotes y peñascos diseminados en una superficie de 1500 km2 por todo el golfo de Tonkin se nos aparece de pronto y algo en nuestro interior nos hace dar gracias por tener el privilegio de estar allí.  Una belleza para los sentidos. Esta bahía está protegida por la UNESCO y considerada como la octava maravilla del mundo. Por cierto, el barco que nos lleva y donde pernoctamos es un precioso navío de los llamados de época, todo decorado de madera y ornamentos dorados. Allí permanecimos hasta la mañana siguiente que partimos a otro destino. Son muchas las emociones que se experimentan en este lugar. 

Otro espectáculo es el que ofrece el Teatro de Marionetas Acuáticas de Thang Long, único en el mundo. El escenario es una piscina por donde las vistosas marionetas se desplazan por el agua haciendo sus cabriolas. A los laterales un grupo de músicos, hombres y mujeres, con instrumentos ancestrales, interpretan con sus voces magníficas historias rurales vietnamitas. Es algo que hay que ver pues no solo fascina el espectáculo, sino que nos transporta con la imaginación a tiempos milenarios. 

Como milenaria es la vida de los pescadores de Cam Thanh que viven en familia y en su comunidad. Nos sorprenderán la forma en que echan sus redes y veremos cómo es su sencilla existencia. Allí pudimos navegar entre los canales en unas barcas redondas y de colores para dos o tres personas, entre una gran vegetación de bambú por donde se enfrentaron los soldados de ambos lados durante la guerra de Vietnam.

Otro lugar imprescindible es la ciudad de HoiAn que fue en tiempo de Nguyen punto de encuentro entre Oriente y Occidente. La parte antigua de esta ciudad no permite el acceso de coches o motos. Los edificios son todos Patrimonio de la Humanidad. Allí se encuentra la famosa pagoda de PhuoeKien construida por marineros chinos en el siglo XVII. También el Museo de la Historia. Allí se puede degustar un exquisito té en Reaching Tea House, en un especial ambiente. 

Un paseo por el Río Perfume nos lleva a la Pagoda Thien Mu. Y nos sorprenderá en la ciudad de Hué un coche Austin de los años 60 desde el cual el monje ThichQuangDuc se apeó para suicidarse en acto de protesta por el nuevo gobierno de Saigón, actual Ho Chi Minh. Y nos espera la Tumba del emperador Tu Ducque uno de los trabajos más bellos de la arquitectura real de la dinastía de los NGUYEN. 

Son muchas y muy ricas las sensaciones de este país. También llegamos hasta el Puente Dorado de Vietnam, conocido como Cau Vang, un fantástico e inverosímil puente al que sujetan dos gigantescas manos de piedra. Se encuentra situado en las colinas de Ba Na, cerca de Da Nang. Para acceder al puente hay que subirse a un modernísimo funicular a través de barrancos repletos de vegetación y grandes cascadas. Aunque nos recibió la niebla, la belleza del lugar y la sofisticada infraestructura del puente hace que se detenga la respiración. 

Un viaje muy muy recomendable.

Concha Pelayo