Mascarita ponte tacón
Existe una geografía del alma que no aparece en ningún mapa. El Puerto de la Cruz la conoce de memoria. Esta ciudad que nació mirando al Atlántico, que creció entre dragos centenarios y buganvillas encendidas, que lleva siglos perfeccionando el arte de recibir al forastero sin perder jamás su propio acento, guarda entre sus adoquines un secreto que regresa cada año con la puntualidad exacta de las mareas: el Carnaval no llega al Puerto de la Cruz.
Regresa. Y cuando regresa, lo hace en febrero, a veintiún grados de temperatura, con el aire salado del Atlántico tejiendo cómplice entre las pelucas y las lentejuelas. Una noche tibia y perfecta que el resto de Europa no puede ni imaginar mientras entierra sus pies en la nieve. Una noche que huele a verano disfrazado de locura.
Y lo hace, sobre todo, con tacones.
Porque el Mascarita tiene sus propias leyes, y la primera es inapelable: ocho centímetros mínimo de tacones. Esa es la distancia que separa el sueño de la realidad, el suelo del vértigo, al valiente del espectador que se queda en la orilla. Ocho centímetros que convierten cada zancada en una pequeña proeza íntima, y cada adoquín en un enemigo con nombre propio. No hay trampa posible, no hay negociación. O subes a esa altura y le plantas cara a la ciudad, o te quedas en la acera aplaudiendo a quienes sí se atrevieron.
Esta noche, cerca de medio millar de almas aceptan el desafío.
Quinientas historias distintas —enfundadas en tules imposibles, lentejuelas que roban la luz de las farolas, pelucas que negocian sin éxito con el salitre— recorren las calles del casco histórico sobre esos tacones que el reglamento exige y el orgullo carnavalero convierte en bandera. Medio millar de corazones acelerados que comparten, por unos minutos prodigiosos, el mismo adoquín traicionero, el mismo pánico escénico y la misma electricidad irracional en las rodillas.
Desde la Ermita de San Telmo —que lleva siglos asomada al mar con la paciencia serena de quien ya lo ha visto todo— hasta la Plaza del Charco, ese corazón de volcánico que late más fuerte que nunca en Carnaval, el recorrido del Mascarita es un poema en movimiento. Una procesión laica de tacones que doblan la reglamentación mínima, de maquillajes que no piden permiso ni ofrecen explicaciones, de hombres que se transforman en divas de galaxias lejanas, en caricaturas luminosas, en personajes que solo pueden existir una noche al año y que, precisamente por esa fugacidad dorada, brillan con una intensidad que los días ordinarios nunca se permiten.
La noche de febrero es cómplice perfecta. Veintiún grados que acarician la piel sin abrigo, sin disculpa, con esa generosidad absurda que tiene el invierno en el norte de Tenerife y que el resto del mundo confunde todavía con un error de calendario. El océano respira cerca. Las palmeras asisten con su elegancia inmóvil. Y sobre los adoquines coloniales, bajo un cielo que no necesita esforzarse para ser hermoso, transcurre algo que no admite clasificación precisa.
El público —mezcla prodigiosa de portuenses de toda la vida, turistas que llegaron por casualidad y se quedaron por convicción, visitantes de medio mundo que lo llevan marcado en el calendario desde el año anterior— empuja con aplausos cada paso tambaleante. Celebra cada giro inesperado. Convierte cada caída en ovación antes de que llegue al suelo. Porque aquí el tropiezo no es el final de la historia: es su mejor párrafo.
El adoquín, traicionero y noble a partes iguales, es el verdadero juez de la noche. No gana siempre el más veloz. Gana quien sostiene el tipo cuando el cuerpo pide rendirse, quien convierte el traspiés en coreografía involuntaria, quien mira al frente con descaro y sigue aunque los tacones —ocho centímetros, o doce, o quince, porque siempre hay quien desafía incluso el reglamento por arriba— tiemblen bajo el peso de la noche entera.
El Mascarita no es una carrera. Es una declaración.
De libertad sin instrucciones. De humor que no se avergüenza de sí mismo. De una identidad carnavalera que lleva más de tres décadas resistiéndose, con elegancia o con estrépito según la noche, a cualquier intento de clasificarla o de domesticarla.
En cada edición se cruzan las generaciones como pocas fiestas permiten: los veteranos que llevan el recuerdo de los primeros años tatuado en la memoria y en los pies, y los recién llegados que se suben por primera vez a esos ocho centímetros de osadía con la mezcla exacta de pánico y euforia que solo regala el debut. Y junto a ellos, siempre, los viajeros de otros países que descubren atónitos que el Carnaval más internacional de España no ha sacrificado ni un gramo de su alma popular en el altar de la espectacularidad.
Ese es el milagro verdadero del Puerto de la Cruz: sabe crecer sin dejar de ser.
Cuando la madrugada avanza y la música se adueña del aire tibio de febrero, cuando el reloj renuncia a ser una preocupación razonable y el Atlántico sigue respirando su rumor de fondo como siempre lo ha hecho, queda una certeza que ninguna crónica logra atrapar del todo.
El Mascarita Ponte Tacón no se mide en metros recorridos. No se mide en ediciones acumuladas ni en centímetros exactos de reglamento. Se mide en medio millar de historias que coincidieron una noche tibia sobre los mismos adoquines, en carcajadas compartidas entre desconocidos que ya no lo son tanto, en instantes que perduran mucho después de que el último tacón vuelva al armario y la ciudad recupere su respiración habitual.
Porque en el Carnaval del Puerto de la Cruz —ese que el mundo entero viene a ver y que los portuenses llevan en la sangre antes de saber caminar, ese que florece cada febrero bajo un cielo que en febrero sigue siendo verano— el tacón no eleva solo el cuerpo.
Eleva, con él, todo lo que somos.



