- El turismo ya no se mueve al ritmo de los folletos sino al de los algoritmos, más difícil de prever
Hasta mediados del siglo XX, se viajaba principalmente por dos razones: por motivos religiosos o para conocer el mundo. Las peregrinaciones, tanto cristianas como de otras religiones, son un ejemplo claro del primer caso. En cuanto al segundo, basta con recordar el Grand Tour, aquel viaje formativo que realizaban los jóvenes ingleses de familias pudientes por Europa, como parte final de su educación. El objetivo era claro: descubrir otras culturas, ampliar horizontes, adquirir conocimientos.
La aparición del turismo de masas en los años 60 cambió este panorama. Se empezó a viajar no solo para conocer, sino para disfrutar y descansar. Nacieron así las vacaciones familiares, especialmente orientadas a las zonas de costa y playa. Este tipo de turismo es, en muchos casos, repetitivo. Una vez que una familia encuentra un destino cómodo, seguro y accesible, suele repetir año tras año, sobre todo si tiene hijos menores de 18 años.
En cambio, los que viajan para conocer necesitan cambiar de destino en cada ocasión. Para ellos, la rutina es un fracaso. Durante mucho tiempo, esta tarea de descubrir nuevos lugares estuvo en manos de las agencias de viajes y de los turoperadores. Eran ellos quienes marcaban las rutas, organizaban los paquetes, elegían los destinos que estaban más de moda.
Pero el teléfono móvil ha cambiado todo. Primero llegaron los selfies, que se enviaban a amigos y familiares para compartir el viaje, y también, para provocar un poco de envidia. Luego, con la llegada de TikTok y otras redes sociales, la forma de viajar se transformó por completo. No bastaba con ir a los sitios populares; había que huir de las multitudes, encontrar un rincón secreto y mostrarlo. El problema es que, al hacerlo público, ese rincón dejaba de ser secreto.
Redes como Instagram o TikTok han tenido un impacto enorme en la promoción de destinos. Tanto, que algunos lugares hasta hace poco desconocidos han ganado peso de manera fulminante. Albania es un ejemplo reciente: gracias a vídeos virales en redes, ha pasado a formar parte de los mapas turísticos europeos.
El comportamiento de los viajeros también se ha diversificado. Los que viajan para descansar suelen hacer una o dos escapadas largas al año. En cambio, quienes viajan para conocer, aunque se queden menos tiempo en cada destino, tienden a viajar más veces a lo largo del año.
Esta modalidad es especialmente atractiva para los jóvenes a partir de los 18 años, que inician su vida viajera en solitario buscando nuevas experiencias, rincones diferentes y contenidos que puedan compartir.
Las organizaciones turísticas, que antes lideraban la oferta, ahora intentan adaptarse a una realidad que cambia a gran velocidad. El ritmo lo marcan las redes sociales, y a menudo los responsables públicos van por detrás. El modelo recuerda al movimiento de una bandada de pájaros: uno cambia de rumbo y el resto lo sigue, pero en cualquier momento puede surgir un nuevo giro inesperado.
Queda por ver cómo evolucionará el sector en los próximos años. Lo cierto es que el turismo, impulsado por la tecnología y los medios sociales, ya no se mueve al ritmo de los folletos, sino al de los algoritmos. Y ese ritmo es mucho más difícil de prever.
