La pintura escandinava conquista Madrid: El festín de Zorn y el silencio de Hammershøi

Madrid se ha convertido, por una carambola del destino cultural, en la inesperada embajada escandinava. No es común que coincidan en el tiempo dos retrospectivas de tal calibre, pero hasta finales de mayo, la capital nos brinda una ocasión única: saltar de la Suecia vitalista de Anders Zorn en la Fundación MAPFRE a la Dinamarca introspectiva de Vilhelm Hammershøi en el Museo Thyssen-Bornemisza.

Como residente en Suecia durante años, desde donde tenía que hacer frecuentes viajes a Copenhague, no puedo evitar sentir una punzada de nostalgia al ver estas obras en la milla de oro de la pintura. He tenido la fortuna de visitar repetidamente el Museo Zorn en Mora y la Galería Nacional de Copenhague (SMK), y puedo asegurar que traer este pedazo de alma escandinava a Madrid es un hito que ningún amante del arte debería ignorar.

En la Fundación MAPFRE, la exposición Recorrer el mundo, recordar la tierra (hasta el 17 de mayo) nos presenta a un artista que fue, en su tiempo, una auténtica celebridad global. Gran parte de los lienzos que hoy cuelgan en Madrid han viajado directamente desde su museo en Mora, esa finca que visité fascinado por cómo desprende la esencia de Dalecarlia, el corazón espiritual de Suecia.

Imagen del cuadro de Anders Zorn, 'Medianoche'.

Imagen del cuadro de Anders Zorn, ‘Medianoche’.

Zorn fue un hombre tocado por la fortuna. Su matrimonio joven, con una rica heredera, le dio estabilidad económica, pero su pincelada ecléctica le dio el mundo. Es, sin duda, el Sorolla sueco. Al igual que el maestro valenciano -con quien mantuvo una estrecha amistad y coincidió en sus ocho viajes a España-, Zorn era un virtuoso de la luz exterior y el naturalismo. En Madrid vemos sus magníficos retratos de la alta sociedad y escenas populares de Sevilla y Cádiz, pero también sus revolucionarios desnudos femeninos. Zorn fue el primero en pintar a la mujer en la naturaleza de forma honesta, sin necesidad de alegorías bíblicas, con una frescura que hoy sigue asombrando.

No hay que olvidar su faceta como grabador: sus aguafuertes, presentes en la muestra, demuestran una maestría técnica comparable a la de Rembrandt. Si seguimos hasta el Museo Thyssen, el ruido del mundo desaparece. Hammershøi: El ojo que escucha (hasta el 30 de mayo) es una apuesta valiente: la primera retrospectiva en España de un artista del que no hay obra en nuestros museos nacionales. Para esta cita, muchos de los cuadros han salido de la Galería Nacional de Copenhague, donde se custodia el grueso de su producción y donde, en mis estancias en la capital danesa, aprendí a apreciar la belleza de lo invisible.

Imagen del cuadro de Vilhelm Hammershøi, 'Puertas abiertas'.

Imagen del cuadro de Vilhelm Hammershøi, ‘Puertas abiertas’.

Hammershøi es el reverso de Zorn. Mientras el sueco era extrovertido y cosmopolita, el danés era un hombre retraído, casi espectral en su timidez, que casi nunca salió de la capital danesa. Su obra huye del sol radiante para refugiarse en la penumbra nórdica. Aquí priman los interiores: habitaciones desnudas, puertas entreabiertas y una paleta de grises y blancos que parece detener el tiempo. Es el «silencio hecho pintura». A menudo vemos a un único personaje -su esposa Ida- de espaldas, en la casa de Strandvägen 30, invitándonos a compartir una soledad que no es triste, sino profundamente poética y reflexiva.

Haber caminado por las salas de madera de Mora y por los amplios pasillos de la Galería Nacional de Copenhague me permite decir que Madrid ha logrado un milagro: sintetizar la dualidad del espíritu del Norte.

Por un lado, la Suecia de Zorn, que celebra la vida, el cuerpo y el éxito social desde su refugio en el centro-sur del país. Por otro, la Dinamarca de Hammershøi, que nos susurra al oído desde el vacío de sus salones. Es una oportunidad histórica para descubrir que, bajo el mismo cielo gris del norte, florecieron dos formas de mirar diametralmente opuestas, pero igualmente magistrales.

No dejen pasar mayo sin asomarse a estas dos ventanas. Pocas veces el contraste entre la explosión vital y el recogimiento espiritual ha estado tan cerca de nosotros.