De algún lugar o de ninguna parte

  • La violencia no es nueva; expresa una ruptura con el sistema
  • La mayor parte de la inmigración no se ha producido por razones humanitarias, sino económicas

La inmigración masiva de las últimas décadas ha transformado las sociedades occidentales más desarrolladas. Lo ha hecho en lo económico, en lo social, en lo cultural y también en lo político. Y ha planteado problemas para los que no tenemos todavía una respuesta clara ni un remedio eficaz. A menudo el debate se ha enmarcado en una dicotomía demasiado simplista: izquierda pro-inmigración, derecha antiinmigración. Pero esta división es hoy insuficiente.

Uno de los análisis más certeros sobre este tema es el del escritor británico David Goodhart. En su ensayo The Road to Somewhere, publicado en la revista Prospect, trata de entender cómo la inmigración ha afectado a las sociedades abiertas desde una perspectiva liberal-conservadora que no encaja fácilmente en los esquemas tradicionales.

El punto de partida de Goodhart es que hasta que las llegadas fueron masivas, no hubo grandes problemas. La gente aceptaba que el Estado del bienestar atendiera también a los recién llegados. Pero cuando el volumen creció, y la diversidad cultural se hizo más visible, aparecieron tensiones. Muchos empezaron a preguntarse si tenía sentido extender las ayudas sociales a quienes no habían contribuido todavía al sistema o no compartían los valores mayoritarios. El conflicto no es solo económico. Es, sobre todo, cultural.

Goodhart distingue entre dos grupos: los que son de algún lugar y los que son de ninguna parte. Los primeros están arraigados en una comunidad local, suelen ser más conservadores en lo social y tienen menor nivel educativo. Los segundos, en cambio, son internacionales, tienen estudios universitarios y valores más liberales. Esta división, más que la clásica entre izquierda y derecha, es la que estructura hoy buena parte de la política.

Ser de algún lugar implica vivir en un barrio en el que conoces a casi todo el mundo, tener vínculos, sentirse parte de una historia. Pero también supone estar más expuesto a los efectos de los cambios sociales: competencia por los empleos menos cualificados, presión sobre la vivienda y los servicios públicos, inseguridad cultural. Quienes son de ninguna parte suelen vivir en lugares más acomodados, con menos exposición al cambio, y tienden a ver los problemas desde una distancia moral o académica. Es en ese grupo donde han prosperado ideas como el multiculturalismo acrítico o el internacionalismo.

En el Reino Unido, donde este fenómeno empezó antes, se ha estudiado mejor. Allí se han dado cuenta de que muchas de las tensiones actuales no tienen que ver con el racismo ni con el odio al extranjero, sino con la percepción de que el contrato social se ha roto. Si yo contribuyo, respeto las normas y me esfuerzo, espero que el sistema me proteja. Pero si veo que alguien recién llegado recibe lo mismo o más que yo sin haber hecho ese recorrido, la sensación de agravio crece.

En este contexto, no es extraño que el malestar se haya expresado de diversas formas. En el Brexit, por ejemplo. O en las revueltas en barrios obreros. Y en algunos casos, en episodios de violencia. Recientemente en España hemos vivido un hecho inusual: una protesta contra la agresión por parte de menores inmigrantes a un ciudadano local terminó en disturbios y ataques. Es llamativo porque, a diferencia de lo que suele ocurrir en otros países, esta vez la violencia fue de los locales contra los inmigrantes, y no al revés. La violencia no es nueva; expresa una ruptura con el sistema. Para unos, porque sienten que nunca les ha dado una oportunidad. Para otros, porque creen que ahora el sistema los ha dejado de lado.

En uno de sus últimos artículos en El País, Mario Vargas Llosa advertía del peligro de las ideas colectivas dañadas por el prejuicio. Decía que tanto las masas como las élites pueden adoptarlas. Y también denunciaba el egoísmo de ciertos empresarios que, con tal de aumentar sus beneficios, no dudan en actuar al margen de la ley y en perjuicio de quienes hacen el trabajo. La inmigración barata ha sido una de las vías para eso.

Porque la mayor parte de la inmigración no se ha producido por razones humanitarias, sino económicas. Las empresas necesitan mano de obra, incluso sin papeles, para mantener bajos los costes. Esa lógica ha sido alimentada tanto por la izquierda como por la derecha. Unos por sus ideales internacionalistas, otros por el interés empresarial. El resultado ha sido una política migratoria sin control, sin reflexión y sin consenso social.

La consecuencia más visible es el enfado de los que se sienten ignorados. De los que son de algún lugar. Para ellos, el barrio ha cambiado, el colegio ha cambiado, el hospital ha cambiado. Y nadie les preguntó si querían ese cambio. Les dicen que deben adaptarse, ser tolerantes, abrirse. Pero no les ofrecen herramientas para hacerlo, ni reconocen su incomodidad como legítima. Eso alimenta el resentimiento y da alas a discursos populistas.

No se trata de cerrar fronteras ni de rechazar al que viene. Pero tampoco de vivir en una burbuja moral que ignore los costes del cambio. Hace falta una política migratoria seria, con límites claros, con integración real y con atención a la cohesión social. Hace falta también una nueva manera de mirar la realidad, sin clichés, sin dogmas, sin superioridad moral.

Porque si seguimos ignorando este malestar, si seguimos negando que haya un problema, el problema crecerá. Y crecerá por los dos lados. Entre quienes se sienten abandonados y entre quienes sienten que nunca han sido aceptados. Y eso es lo que más debería preocuparnos.