La imagen de Donald Trump en el Despacho Oval rodeado de pastores evangélicos, aparentemente rezando antes de una nueva escalada militar contra Iran, ha reavivado un inquietante debate histórico: la utilización de la religión para legitimar decisiones políticas y guerras.
La imagen de Donald Trump sentado en su sillón del Despacho Oval, rodeado de pastores y dirigentes evangélicos mientras parece que reza, ha provocado un estremecimiento en muchos observadores. La escena añade una dimensión inesperada al ataque de Estados Unidos e Israel a Irán. La política exterior suele apoyarse en argumentos estratégicos, económicos o de seguridad, pero la invocación a la voluntad divina introduce un elemento que muchos creían superado.
Los ayatolás iraníes llevan décadas utilizando la complicidad de Dios, su Alá, para justificar un régimen que reprime sanguinariamente a su población. La idea de que la voluntad divina legitima cualquier acción se ha convertido en un recurso habitual del poder iraní.
En el otro extremo del tablero, una parte del liderazgo israelí también recurre a argumentos religiosos para justificar la apropiación de Cisjordania, de Jerusalén Este o el ataque a Irán. La creencia de que la tierra del Gran Israel fue otorgada por Dios alimenta políticas que generan tensiones permanentes y que han dejado un rastro de sufrimiento. La ocupación, los asentamientos y las operaciones militares se presentan en ocasiones como parte de un mandato divino.
Netanyahu, que cita con frecuencia textos bíblicos, ha echado mano en esta ocasión del libro de Ester que explica como los judíos bajo dominio persa se enfrentaban a un plan para su exterminación que Ester logra parar intercediendo ante su marido, Jerjes I. Ahora, según afirma, el riesgo se repite.
La entrada de Trump en este terreno resulta llamativa. Ya había utilizado referencias religiosas, pero la imagen reciente sugiere un paso más. Inmediatamente algunos oficiales han informado a los soldados a sus órdenes que la guerra forma parte de un mandato bíblico, que Jesús ha ungido a Trump para esa misión y que el conflicto es parte de una profecía sobre el regreso de Jesús a la tierra, según recoge Newsweek.
Se invoca a Dios cuando las justificaciones políticas se agotan. La historia reciente ofrece ejemplos claros. George W. Bush aseguró que Dios le había ordenado la invasión de Irak. La guerra dejó un país devastado, cientos de miles de muertos y una región entera sumida en el caos. La apelación a la voluntad divina no evitó el desastre.
La frase “Dios lo quiere” tiene un peso histórico. Fue el grito de los primeros cruzados cuando se lanzaron a la conquista de Jerusalén tras la llamada del papa Urbano II. La campaña dejó un reguero de sangre. La idea de que la fe justificaba cualquier acción permitió atrocidades que aún resuenan en la memoria colectiva. La religión se convirtió en un arma y en un argumento para borrar cualquier límite moral. Volvió a ser utilizada solo un par de décadas después con motivo de la Cruzada Albigense. En 1209, durante la toma de Béziers, los soldados preguntaron al legado papal Arnaud Amaury cómo distinguir a un buen cristiano de un cátaro. La respuesta atribuida al monje cisterciense se convirtió en símbolo de fanatismo: “Matadlos a todos, Dios ya distinguirá a unos de los otros”. La frase resume la lógica de quienes creen que la voluntad divina legitima cualquier exceso. La historia demuestra que esa lógica siempre conduce al desastre.
El incremento reciente de los bombardeos y el aumento de víctimas civiles evocan ese pasado oscuro. La retórica religiosa se mezcla con decisiones militares que afectan a poblaciones enteras.
Las mujeres iraníes representan uno de los símbolos más potentes de esta situación. Su lucha por el derecho a quitarse el velo se ha convertido en un desafío al régimen. Tenemos la esperanza de que puedan vivir en un país donde la libertad no dependa de una interpretación religiosa. La preocupación surge cuando se piensa en el precio que podrían pagar, muchas ya lo han pagado, si la escalada militar continúa. Trump incluso ha amenazado con destruir completamente el país. La idea de que Dios, una vez cumplida la amenaza, habrá que ver si el de los ayatolas o el suyo, distinguirá a los justos en el más allá, resulta insoportable para quienes desean que esas mujeres sobrevivan en el presente y puedan construir un futuro en paz.
La historia demuestra que la mezcla de religión y poder político suele desembocar en tragedia. La invocación de la voluntad divina para justificar decisiones militares crea un clima en el que cualquier límite se diluye. La imagen de Trump rezando en el Despacho Oval representa una forma de entender el poder que muchos creían superada. La región necesita soluciones políticas, diplomáticas y humanas, no nuevas cruzadas. La esperanza reside en que las voces que piden diálogo, como la del papa León XIV, encuentren eco antes de que la lógica del “Dios lo quiso” vuelva a imponerse. @mundiario
