El río que no vuelve

Meditación desde el piso 18 del Sheraton, con el Chao Phraya a los pies y Siam entero corriendo por debajo.

Muchos años después, cuando ya nadie recuerde el número de la habitación ni el calor exacto de aquella noche en Bangkok, yo habría de acordarme de aquella tarde remota en que me asomé a una ventana del piso dieciocho del Sheraton y descubrí que los ríos, como los pueblos, no corren hacia el mar: corren hacia atrás, hacia el origen de todo lo que fueron, arrastrando en su lomo marrón los siglos que nadie más quiso cargar. El Chao Phraya no es un río. Es una serpiente de memoria que Siam domesticó hace setecientos años y que desde entonces se ha negado, con la terquedad de las cosas antiguas, a olvidar un solo nombre de los reyes que la vieron nacer.

Abajo, las barcazas cruzaban de una orilla a otra con la parsimonia de quien sabe que el tiempo, en este país, nunca ha tenido demasiada prisa. Un cocinero encendía fuego bajo un toldo flotante con el mismo gesto exacto, idéntico hasta en el temblor de la muñeca, con que lo encendían sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, como si el fuego mismo hubiera decidido hace generaciones que no valía la pena inventar una forma nueva de nacer. Y pensé que aquella repetición no era pobreza de imaginación, sino fidelidad: la fidelidad ciega y hermosa con que los ríos y los oficios se resisten a morir.

Hay pueblos que escriben su historia en piedra y pueblos que la escriben en agua, y de los dos, solo el agua tiene la decencia de seguir contándola aunque ya no quede nadie para leerla.

El río que fundó un reino

Cuentan, y yo lo creo porque el río mismo parecía esa noche dispuesto a confirmarlo, que río arriba existió una ciudad tan magnífica que los viajeros portugueses la llamaban la Venecia de Oriente, con canales en lugar de calles y templos que remataban en agujas de oro tan altas que los pájaros se cansaban antes de sobrevolarlas. Se llamaba Ayutthaya, y fue durante cuatro siglos la capital de un reino que se creyó eterno, hasta que en 1767 los ejércitos birmanos la incendiaron con tal furia que el fuego, dicen los cronistas antiguos, tardó semanas en apagarse del todo, como si la propia ciudad se negara a morir de una sola vez.

Pero el río, que había visto arder cosas antes y volvería a verlo, no dejó que Siam desapareciera con las cenizas. Fue sobre estas mismas aguas oscuras, las que esta noche pasan bajo mi ventana con la indiferencia de quien ya lo ha visto todo, que un general medio chino llamado Taksin remontó la corriente con los pocos hombres que le quedaban y fundó, en la orilla de enfrente, una capital nueva donde antes solo había aldeas de pescadores. El reino no murió en Ayutthaya: se mudó de orilla, como se mudan las familias cuando la casa vieja ya no puede sostener tanto duelo, y el río fue el único que acompañó la mudanza entera sin hacer una sola pregunta.

Desde entonces lo llaman el río de los reyes, y con razón: sobre él navegaron durante siglos las barcazas ceremoniales cubiertas de pan de oro, largas como sueños, que aún hoy, en contadas ocasiones en que la monarquía decide recordarle al mundo su antigüedad, vuelven a deslizarse por el agua con una lentitud que parece burlarse de todos los relojes de la ciudad. Los templos que erizan sus orillas no miran hacia la tierra: miran hacia el agua, porque durante generaciones fue el agua, y no el asfalto, la única calle verdadera de este país, la que traía el arroz y la seda y la plata y a los mercaderes de rostros extraños que llegaban hablando lenguas que nadie entendía y que, sin embargo, siempre encontraban la manera de hacer negocios.

La vida vista desde arriba

Desde el piso dieciocho del Sheraton la vida ajena se vuelve silenciosa, y en ese silencio uno empieza a sospechar que la altura es una forma de eternidad prestada. Las long-tail boats abrían el agua y el agua volvía a cerrarse detrás de ellas exactamente igual que se había cerrado, tres siglos atrás, sobre las barcazas de arroz que alimentaban un reino entero, como si el río tuviera la costumbre incorregible de borrar toda huella para poder empezar de nuevo cada noche. Una familia cenaba en un balcón diminuto sin sospechar que alguien, muy por encima de sus cabezas, los estaba convirtiendo en historia sin pedirles permiso, del mismo modo en que nadie le pidió permiso a Taksin para fundar una capital, ni al río para llevarlo hasta ella.

Ese es el privilegio incómodo, casi indecente, de la altura: se ve mucho y se comprende poco, y sin embargo algo se comprende. Sócrates no tuvo un piso dieciocho de hotel, pero tuvo el ágora, que era su manera modesta de ganar distancia sin perder el contacto con los hombres. Yo, esa noche, tenía un ventanal y un río capaz de recordar más reyes de los que cualquier libro puede sostener, que es una forma bastante más silenciosa, y quizá bastante más honesta, de hacer la misma cosa.

Lo que enseña un río que no para

El Chao Phraya no esperó a que existiera Ayutthaya para nacer, ni esperará esta noche a que yo termine de escribir para seguir su camino hacia el golfo, indiferente como son indiferentes las cosas que han aprendido, a fuerza de siglos, que ninguna ciudad es la última. Siam ardió y volvió a nacer, siempre a orillas de esta misma agua parda, con la misma obstinación con que renacen las estirpes en las novelas que a uno más le duelen, como si el río fuera el único testigo con memoria suficiente para sostener tantas vidas sucesivas sin confundir una con otra.

La filosofía de Occidente quiso siempre detener el tiempo, atraparlo, explicarlo en tratados gruesos como piedras. Oriente, más sabio o simplemente más paciente, se limitó a sentarse en la orilla a verlo pasar, y de esa contemplación hizo una forma de sabiduría que ningún tratado ha logrado igualar. Esta noche, frente a un río que ha visto nacer y morir capitales enteras sin perder jamás la calma, entiendo por qué. El Chao Phraya no necesita que nadie lo posea, ni que nadie le crea, ni que nadie escriba sobre él como estoy haciendo yo ahora mismo. Le basta con seguir corriendo, como llevará corriendo mucho después de que se apaguen las luces del piso dieciocho del Sheraton y de todos los hoteles que algún día se construyan sobre esta misma orilla.

Mañana el río seguirá ahí, cargado de reyes que ya nadie nombra, de barcazas doradas que solo salen a navegar en sueños, de mercaderes que dejaron de existir hace siglos y de mercaderes nuevos que ocupan su lugar sin saber que también ellos, tarde o temprano, serán agua que pasa. Y quizá esa sea, después de todo, la única filosofía que de verdad importa: seguir pasando, aunque nadie se acuerde ya de nuestro nombre.

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EL DATO: Río Chao Phraya

Qué es: El Río de los Reyes, 372 km, el gran río del centro de Tailandia.

Nacimiento: Confluencia de los ríos Ping y Nan en Nakhon Sawan.

Desembocadura: Golfo de Tailandia, al sur de Bangkok.

Historia: Sostuvo Ayutthaya (1350-1767), Thonburi (1767-1782) y Bangkok (desde 1782).

Sobre el autor:

El Dr. Miguel Ángel González Suárez es periodista, director de La Diez Capital Radio y colaborador de opinión de Turiscom. Doctor en comunicación turística y cronista de viajes, firma esta serie de crónicas desde Bangkok, Tailandia.