Los hoteles en la capital son baratos para el bolsillo europeo. No tienen término medio, pues hay hotelazos con precios occidentales. Predominan el equivalente a hostales, hotelitos y casas de huéspedes (gest houses) sobre hoteles de cadena extrajera o los que sobreviven al esplendor soviético, estos últimos cercanos a actuales ministerios, embajadas, avenidas y plazas donde brilló la estrella roja.La actual capital kirguís no tiene más de un día de visita. La iconografía que regaló Moscú hasta 1991, año de la independencia, patentiza el afán por industrializar sus colonias asiáticas y por asentar en casas a pastores que trasladan sus yurtas al pasto más fresco.El monumento a la revolución del 2010, a la bandera nacional (roja centrada en sol que encierra la cúpula de una yurta), encarnación de Manas y avenida Chui giran sobre el centro capitalino. Almacenes Tsum, con tiendas que venden imitaciones de marcas con más o menos fortuna o artesanía, son recomendables. Obtener la moneda patria (Com, traducido por Som) es mejor fuera de bancos donde fluctúa más la divisa paneuropea. Por un euro suelen cambiarse 70 ‘som’, que dan para una cerveza, medio menú o un trayecto en taxi de tres kilómetros. El dinero local vale más, hace más rico al viajero.En general Biskek tiene poca vida, carece de aceras y avisa de lo que le espera al viajero en un país que duerme en el letargo del subdesarrollo. Pero Kirguistán en su capital advierte que estamos ante un pueblo joven, con gastronomía excelente, cultura de mosaico y que pregunta al foráneo si le gusta el país con una sonrisa. El viajero, entonces, sabe que no equivocó sus pasos. Las yurtas serán su próximo hogar. VIAJAR AL PARAÍSO PROVISIONALYurta es un vocablo que rechina en la mente del viajero. No es una jaima, árabe, ni un tippi hinuit, ni una tienda de campaña montañera. El hogar del nómada kirguís es una estructura de palos rojos entrelazados colmatada por cubierta de pieles que confluyen en pares de varas. Estos nexos constituyen el símbolo patrio que preside la bandera kirguís.Junto al equino, la yurta es el país en sí. En un país de montañas que parten de los miles de metros hay otros miles más de campos de yurtas donde el viajero debe imperiosamente dormir para experimentar el nuevo hogar.
Los kirguises viven, ahora, en yurtas sólo en verano. Los soviéticos les hicieron casas y bloques-hormigueros que se conservan destartalados hoy. Las yurtas se acompañan de prados, valles, montañas y lugares de postal. Junto a ellas hay familias que muestran con orgullo su recomendable maridaje con la naturaleza que tanto ansía el urbanita europeo y sobre el que tanto se cacarea refiriéndonos al manido concepto de la calidad de vida. El caballo para el kirguís es parte de la familia, al igual que el ganado (ovejas, cabras, vacas…), que regala una gastronomía de nota. Los lagos del Kirguistán apenas dan pescado. El que se come, desecado, y se oferta en carreteras viene de países vecinos. La verdura, fruta, cereales y pastelería kirguisa son sabrosas hasta el éxtasis.Dormir de yurta en yurta una o dos semanas es una experiencia gratificante porque nos recuerda cómo viven nuestros anfitriones y nos asoma a la naturaleza viva en unos paisajes irrepetibles. La inmensidad de las montañas, las crestas nevadas y los torrentes de agua blanquecina emocionan al viajero hasta concluir que la felicidad está cerca de tales emociones únicas.Lo afable del kirguís hace el resto. Ellos aprecian la visita. Piden verse en la cámara cuando se les retrata previo permiso. La belleza de cabalgar, la de la mujer kirguisa y sus buenas vibraciones van parejas a un folclore que navega entre el verso largo y sostenido, historias cotidianas y leyendas del amor universal.Llegados a este punto surge un nombre. Chinguiz Aitmatov es cita obligada. El fallecido escritor y diplomático es una gloria kirguisa; como un prócer para los latinoamericanos. Vivió su clímax bajo el paraguas soviético, pero su prosa trascendió fronteras y tiempos porque captó el alma kirguís conectándola con animales, personas y costumbres locales. En ‘Yamila’, por ejemplo, articula una historia rural de amor con inesperado final. Otras obras reflejan la frescura y naturalidad de un pueblo noble, sabio y que aprecia lo esencial para sobrellevar nuestros días terrenales.
RUTAS Y DESTINOSLa vida en yurta cambia las dimensiones del viajero que acaba quedándose en el campo más conectado con su espíritu de hogar. A miles de kilómetros de la vieja Europa, desde la yurta se perciben sueños que jamás parecía albergábamos en el espacio onírico más durmiente.Pero el viaje también es realidad. Los formatos en Kirguistán admiten todo. Los ciclistas encuentran pistas y rutas increíbles, los montañeros tienen demasiado material sobre su mochila y piolet. El trekking tiene trayectos inimaginables. Los que prefieren cabalgar sobre caballos -más menudos que los europeos o árabes- tienen sobrado no cansarse de descubrir paisajes y empatías con el equino.
Los kirguises viven, ahora, en yurtas sólo en verano. Los soviéticos les hicieron casas y bloques-hormigueros que se conservan destartalados hoy. Las yurtas se acompañan de prados, valles, montañas y lugares de postal. Junto a ellas hay familias que muestran con orgullo su recomendable maridaje con la naturaleza que tanto ansía el urbanita europeo y sobre el que tanto se cacarea refiriéndonos al manido concepto de la calidad de vida. El caballo para el kirguís es parte de la familia, al igual que el ganado (ovejas, cabras, vacas…), que regala una gastronomía de nota. Los lagos del Kirguistán apenas dan pescado. El que se come, desecado, y se oferta en carreteras viene de países vecinos. La verdura, fruta, cereales y pastelería kirguisa son sabrosas hasta el éxtasis.Dormir de yurta en yurta una o dos semanas es una experiencia gratificante porque nos recuerda cómo viven nuestros anfitriones y nos asoma a la naturaleza viva en unos paisajes irrepetibles. La inmensidad de las montañas, las crestas nevadas y los torrentes de agua blanquecina emocionan al viajero hasta concluir que la felicidad está cerca de tales emociones únicas.Lo afable del kirguís hace el resto. Ellos aprecian la visita. Piden verse en la cámara cuando se les retrata previo permiso. La belleza de cabalgar, la de la mujer kirguisa y sus buenas vibraciones van parejas a un folclore que navega entre el verso largo y sostenido, historias cotidianas y leyendas del amor universal.Llegados a este punto surge un nombre. Chinguiz Aitmatov es cita obligada. El fallecido escritor y diplomático es una gloria kirguisa; como un prócer para los latinoamericanos. Vivió su clímax bajo el paraguas soviético, pero su prosa trascendió fronteras y tiempos porque captó el alma kirguís conectándola con animales, personas y costumbres locales. En ‘Yamila’, por ejemplo, articula una historia rural de amor con inesperado final. Otras obras reflejan la frescura y naturalidad de un pueblo noble, sabio y que aprecia lo esencial para sobrellevar nuestros días terrenales.
RUTAS Y DESTINOSLa vida en yurta cambia las dimensiones del viajero que acaba quedándose en el campo más conectado con su espíritu de hogar. A miles de kilómetros de la vieja Europa, desde la yurta se perciben sueños que jamás parecía albergábamos en el espacio onírico más durmiente.Pero el viaje también es realidad. Los formatos en Kirguistán admiten todo. Los ciclistas encuentran pistas y rutas increíbles, los montañeros tienen demasiado material sobre su mochila y piolet. El trekking tiene trayectos inimaginables. Los que prefieren cabalgar sobre caballos -más menudos que los europeos o árabes- tienen sobrado no cansarse de descubrir paisajes y empatías con el equino.Las carreteras kirguisas están a medio hacer, raramente son asfaltadas. Nos dan tumbos hasta el destino que una agencia debe amparar. No conviene viajar hasta Kirguistán sin contactos previos. Contratar una ruta es recomendable dado que la infraestructura turística es mejorable. Los más espabilados cobran en euros y pagan miserias, en moneda local, a guías, intérpretes, conductores, dueños de yurtas u otros proveedores.Además de Biskek es recomendable rodear el lago Issyk Kul. Cholpon Ata es el balneario donde veranea el presidente y los nuevos ricos kazajos. El ‘resort’ reparte hoteles, residencias, discotecas y restaurantes que hacen las delicias de los veraneantes. Hay un museo local y otro espacio de 22 hectáreas donde hay jeroglifos sobre roca procedente de un glaciar. El país apenas alberga monumentos, o restos del pasado más allá de este recinto, la torre de Burana (situada en el Valle del Chui, al norte kirguís). Hasta el más pequeño pueblito kirguís alberga nuevas mezquitas y cementerios sin vallas mirando poblaciones enfilando la Meca donde las caras de los fallecidos esculpen las lápidas.Issyk Kul, el lago de montaña más grande del mundo tras el Titicaca boliviano, es una delicia. Bañarse en sus aguas medio salobres y cristalinas alisa la piel, el pelo y enriquece las defensas de la dermis. Deben extremarse precauciones, no obstante, por la profundidad de sus aguas y la inexistencia de servicios de emergencia ante ahogamientos, accidentes, heridos, etc.Karakol es la meca de montañeros. Está al sur del lago. Allí pululan con sus mochilas y parafernalia. Sus pocas calles y escasos atractivos la hacen apenas una base para la escalada. La ruta de la seda pasa por el lugar y prosigue en línea ascendente hasta Samarkanda (Uzbekistán).Osh es otro punto recomendable para el viajero. Es la segunda capital kirguisa en población y registra notable influencia uzbeka, pues es casi frontera con el rico vecino. Se sitúa en el valle de Fergana al sur del país y se considera su antigüedad en unos 3.000 años. Es recomendable visitar su nutrido bazar, que hereda una etapa de la Gran Ruta de la Seda procedente de China. No lejos de Osh está el monte Suleyman, que es patrimonio de la humanidad y centra un museo en la capital.Nuestro viaje a esta parte de Asia no da para mucho más. Otros lugares más recónditos son de difícil acceso. Decíamos que las carreteras raramente están asfaltadas. Pues bien, las líneas ferroviarias solamente cruzan el norte kirguís y son lentas aunque baratas para los pasajeros. Lo ideal para moverse por el país son taxis y minibuses. El transporte público es una quimera a los ojos occidentales.El internacional idioma de la mímica ayuda a encontrar hotel, comer, solventar cualquier incidencia. La nobleza kirguís pone lo demás.El país que defendió Manas y relató Aitmatov nos deja buen sabor de boca. Difícil de olvidar la experiencia.

