Una elegía en cuatro movimientos y un desayuno frío
Existe una fina línea entre el minimalismo como filosofía de diseño y la estrechez como política de empresa. El Hotel Silken de Las Palmas no solo ha cruzado esa línea —la ha demolido con serena determinación, como quien retira un mueble que estorbaba. Encajonado al borde de la gran carretera de entrada a la ciudad, por donde ruedan a diario cientos de miles de vehículos, el establecimiento exhibe una ubicación que, si bien no invita al reposo, resulta perfecta para quien desee sentirse integrado en el flujo del tráfico insular.
«Minimalista no significa incómodo. Y la amabilidad, a diferencia de la moqueta, no debería ser un artículo opcional.»
I. Una ubicación que despierta todos los sentidos
La primera pista de que algo no cuadra llega antes de cruzar la puerta. El hotel está plantado junto a una de las arterias más transitadas de la isla con la placidez de quien ignora que existe el silencio. Si usted pertenece a esa rara especie de viajero que ansía el runrún constante del tráfico como nana nocturna, sepa que aquí lo encontrará generoso, democrático e incluido en el precio de la habitación. Sin suplemento.
II. La recepción, o donde la amabilidad tomó otro vuelo
Situada en el piso inmediatamente inferior a la entrada —un detalle topográfico que ya adelanta cierta vocación por lo subterráneo—, la recepción ofrece un primer contacto que define con precisión quirúrgica el resto de la estancia. El personal no derrochará calidez ni profesionalidad, pero hay que concederle algo: la indiferencia la practican con una coherencia admirable. Cuando más tarde les comuniqué los inconvenientes de la habitación, escucharon, asintieron levemente y regresaron a sus pensamientos como quien espera que los problemas se resuelvan solos. Quizás funcione. No lo supe nunca.
III. La habitación 205: una sinfonía en re menor
Me fue asignada la habitación 205, cuya ventana da a un patio interior de carácter sombrío, por el que el ascensor sube y baja con la asiduidad de un músico de sesión. El lateral de la estancia linda directamente con el mecanismo, de modo que cada desplazamiento vertical del edificio se convierte en un acontecimiento acústico de primera magnitud. El ascensor, hay que decirlo, tiene ritmo. Lo que no tiene es pausa.
Por si la sección de percusión resultara insuficiente, el extractor del baño se incorporó al conjunto con sus propios solos intermitentes: un tartamudeo que, en los momentos de mayor inspiración, superaba en intensidad al propio ascensor. Una orquesta completa, todo hay que decirlo, y sin cargo adicional en la factura.
IV. El desayuno, o la refrigeración como homenaje culinario
Para coronar la experiencia con la joya que merece, el desayuno. El comedor, compartido aquella mañana con un nutrido grupo escolar de espíritu festivo y pulmones generosos, ofrecía una atmósfera que podría describirse como vibrante, en el sentido más literal del término.
Pero el golpe de gracia llegó con mi plato predilecto: judías con tomate, huevo frito y bacón. Lo aguardaba con la ilusión del viajero que sabe lo que quiere. Llegó a la mesa en una temperatura que solo cabe calificar de clínica, como recién rescatado de las profundidades del frigorífico, intacto en su frescor original. Entiendo que la normativa sanitaria es materia sagrada. Pero entre el frío sepulcral y una temperatura que recuerde vagamente que existe el fuego, hay una franja amplísima que el hotel, con elegante sencillez, prefiere no explorar.
Coda final
El Hotel Silken de Las Palmas es, en suma, un establecimiento que practica el minimalismo con rigor: mínimo espacio, mínima calidez, mínimo servicio y temperatura mínima en los alimentos. Lo que no escatima es en ruido, en indiferencia y en esa rara habilidad para decepcionar con una naturalidad que casi —casi— resulta artística.
No volveré. Y lo digo sin rencor, con la serena convicción de quien ha descubierto que en esta ciudad existen otros hoteles donde el silencio no es un lujo y el desayuno recuerda que ha conocido el calor.
