El río que me devuelve a mí mismo

Descubrir el Royal River Luxury Hotel de Tenerife es entender por qué los grandes periodistas de viajes del mundo lo sitúan entre los mejores de España

Existe una exigencia silenciosa en ser comunicador. No sangra, no duele de golpe, pero va dejando su marca.

Es la exigencia del despertador que suena cuando la noche todavía no ha terminado de irse. La del café que se enfría mientras atiendes la primera llamada del día, esa que ya trae dentro una crisis, un dato que lo cambia todo, una declaración que incendia la mañana antes de que hayas tenido tiempo de mirar por la ventana. La exigencia de vivir siempre en el minuto siguiente, de que la actualidad no espere, no descanse, no perdone el despiste ni la melancolía.

Llevo años construyendo La Diez Capital Radio con la convicción de que la información honesta importa, de que hay que estar ahí cuando el mundo tiembla y contarlo con claridad y valentía. Pero hay un precio que se paga en silencio, en las horas que nadie ve, en esa fatiga que no aparece en ninguna agenda pero que se instala en los huesos como un inquilino que nunca avisa de que llega.

Hay semanas en que me acuesto con el ruido dentro y me despierto ya exhausto. Semanas en que me miro al espejo y el hombre que me devuelve la mirada tiene los ojos de alguien que lleva demasiado tiempo corriendo sin saber bien hacia dónde.

Entonces necesito parar. Entonces llego al Royal River.

Y el mundo, por fin, guarda silencio.

No es solo un hotel lo que encuentro al cruzar sus puertas en el sur de Tenerife. Es otro tempo. Otro idioma. El idioma lento y honesto de las cosas bien hechas, de las manos que sirven con orgullo, de los ojos que te miran y saben, antes incluso de que abras la boca, lo que necesitas. Ese arte perdido que los grandes hoteleros de los años sesenta practicaban como si fuera una liturgia sagrada, y que aquí, en este rincón privilegiado de esta isla volcánica, milagrosamente sigue vivo. Intacto. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo aquí, solo para los que saben buscarlo.

El lugar es, en sí mismo, una declaración de intenciones. Villas de lujo que no compiten entre sí sino que conviven, como notas distintas de una misma melodía. Algunas abrazan el lago africano —ese espejo de agua quieta rodeado de palmeras y exotismo que parece sacado de un documental de la sabana—, otras se asoman al infinito azul del Atlántico desde terrazas que desafían la gravedad. Y luego están las River Villas, las mías, las que me roban el corazón cada vez: pequeños universos de madera, piedra y vegetación desbordante, donde la piscina privada se abre, generosa, al río que todo lo une y todo lo sana.

Porque el río es el alma de este lugar. Su latido más profundo.

Cada mañana me levanto antes de que el sur de Tenerife despierte del todo, cuando el cielo aún mezcla el negro con el malva y los pájaros empiezan a ensayar su concierto entre los helechos y las buganvillas. Me adentro descalzo por los senderos que bordean la vegetación —exuberante, casi irreal, como escapada de un sueño tropical donde la naturaleza decidió no contenerse— y me deslizo en las aguas cálidas del río. Ochenta metros de piscina fluvial envuelta en verde, en vapor suave, en ese silencio que solo existe cuando el mundo todavía no ha encendido sus motores. Una hora entera. Nado. Y en cada brazada voy dejando atrás una reunión tensa, un editorial pendiente, una llamada que no debí atender a las once de la noche. El agua tibia lo disuelve todo. Lo lava. Lo devuelve al lugar correcto.

Salgo del río distinto a como entré. Siempre.

Los periodistas de turismo de todo el mundo lo reconocieron en 2022, con ese consenso que solo alcanzan los lugares verdaderamente excepcionales: el Royal River es uno de los mejores hoteles de España. Yo no lo discuto. Lo siento en la piel cada vez que regreso, en ese instante exacto en que el coche gira por la última curva y aparece la entrada, y algo en el pecho se afloja de golpe, sin que yo lo haya pedido.

Aquí se refugian famosos y empresarios de medio mundo que buscan lo mismo que yo: el anonimato como lujo supremo, la invisibilidad como descanso. Nadie te señala, nadie necesita nada de ti. Eres, simplemente, un huésped. Y esa es la mayor de las libertades para alguien que vive expuesto a la opinión pública cada mañana.

La gastronomía merece capítulo propio. En The Top Brasserie, la cocina es sutil y refinada como una conversación inteligente: cada plato llega con la precisión de quien no necesita gritar para ser recordado. El Kokoro Asian Cuisine te transporta a otro continente con una honestidad de sabores que desafía la distancia. Y el desayuno, ese ritual matutino que en otros hoteles se convierte en un trámite, aquí es una ceremonia al aire libre donde el zumo recién exprimido y la fruta de la isla te recuerdan que hay cosas que la prisa no puede mejorar. Solo estropear.

Las villas son mundos propios. Espacios diseñados con una delicadeza que no grita, que susurra al oído del que sabe escuchar. Cada detalle habla de alguien que pensó en ti antes de conocerte: la selección de almohadas como si el sueño fuera también una elección personal, la terraza orientada exactamente hacia donde el sol se despide con más belleza, la piscina privada que refleja el cielo atlántico en silencio. No es arquitectura. Es hospitalidad hecha piedra y agua, madera y luz, cuidado y tiempo.

Pero si Royal River tiene un alma —y la tiene, y palpita con fuerza— esa alma tiene nombre y apellidos.

José Fernando Cabrera. Un empresario tinerfeño que construyó este sueño con la paciencia y la visión de quien ama su isla y quiere mostrarle al mundo lo mejor que Canarias puede ofrecer. No el lujo importado, no la ostentación prestada, sino algo más difícil y más hermoso: el lujo nacido de aquí, con las manos de aquí y el carácter cálido e inconfundible de esta tierra volcánica que tanto da. Y a su lado, siempre, su esposa: la columna vertebral de todo esto, la figura imprescindible que convierte la visión en realidad cotidiana, la que cuida lo que él sueña. Y después, la familia Cabrera Losada al completo —porque aquí el personal no es una plantilla, es una familia que trabaja con el orgullo de quien defiende algo propio—, que atiende con esa calidez genuina que no se aprende en ninguna escuela de hostelería del mundo. Solo se nace con ella. O se crece con ella. O se hereda de alguien que tuvo la sabiduría de cultivarla.

Cuando el domingo por la tarde recojo mi maleta y me preparo para volver al ruido, a los micrófonos encendidos, a la actualidad que nunca duerme ni pide permiso, me detengo un instante en el umbral de la villa. Miro el río. Las aguas cálidas que me recibieron al amanecer siguen su curso tranquilo, indiferentes al mundo que gira ahí fuera, ajenas a los titulares y las urgencias y los teléfonos que ya vibran en mi bolsillo.

El río que me devolvió a mí mismo.

Y sé, con la misma certeza con que sé cuándo una noticia es verdad, que seguiré volviendo.

Porque hay lugares que te eligen a ti antes de que tú los elijas a ellos.

Y este es uno de esos lugares.