La trágica caída de Enzo Tortora: la serie que narra cómo la mafia y una justicia ciega acabaron con un icono televisivo

Tras el fresco monumental que supuso Exterior noche, donde Marco Bellocchio diseccionó el trauma nacional del asesinato de Aldo Moro, el veterano cineasta italiano regresa a la pantalla para hurgar en otra herida abierta de la República: el «caso Tortora». Con la serie Portobello, Bellocchio no solo firma una de las producciones más potentes de la televisión italiana de estos últimos años, sino que consolida un lenguaje periodístico-audiovisual que es ya marca de la casa: una dirección impecable y realista puesta al servicio de una verdad histórica que todavía escuece.

Lo primero que destaca en Portobello es su guion soberbiamente trabado. Bellocchio, lejos de caer en el biopic hagiográfico o en el clásico cine de procedimientos judiciales, construye un relato denso donde cada línea de diálogo tiene un propósito. La serie funciona como un espejo de la Italia de finales de los 70 y principios de los 80, una época de claroscuros donde las instituciones mostraban grietas de fatiga frente al empuje de la criminalidad organizada.

La narrativa nos sumerge en el esfuerzo obsesivo del director por retratar la actualidad de aquellos «años de plomo» y su transición hacia una modernidad televisiva que, paradójicamente, sirvió de cadalso público. La recreación de los ambientes –desde los rutilantes platós de la RAI hasta las celdas húmedas y asfixiantes de las cárceles– es de un realismo que huye del artificio para centrarse en la atmósfera de paranoia que dominaba el país.

El peso dramático de la serie descansa sobre los hombros de la genial actuación de Fabrizio Gifuni. Gifuni, que ya alcanzó la excelencia interpretando a Aldo Moro, logra aquí una transformación física y anímica asombrosa. El actor transita desde la seguridad magnética del hombre de éxito hasta la fragilidad absoluta del reo que no comprende el mundo kafkiano en el que ha despertado.

Es en sus silencios, en su mirada perdida en una celda y en su lucha por mantener la pulcritud frente a la degradación carcelaria, donde la serie alcanza sus picos de excelencia. Su interpretación nos hace partícipes del desgaste de un hombre que vio cómo su vida era desmantelada pieza a pieza por una justicia ciega y un sistema mediático voraz.

Para entender la magnitud de la tragedia, hay que entender qué significaba Enzo Tortora para Italia. Con su programa Portobello, Tortora no era simplemente un presentador; era el rostro de la confianza, un fenómeno sociológico que llegaba a congregar frente al televisor a 28 millones de espectadores. En un país fracturado por la política, él era el nexo de unión.

Bellocchio utiliza este caso para exponer una tesis aterradora: la tremenda realidad de cómo las mafias impregnaban toda la realidad italiana, hasta el punto de conseguir que la justicia condenara a una de las personalidades más queridas del país. El descenso a los infiernos de Tortora comenzó con una acusación de pertenencia a la Nueva Camorra Organizada, basada en testimonios de «arrepentidos» cuya credibilidad era inexistente, pero que servía a los intereses de un sistema judicial presionado por obtener resultados contra el crimen.

La justicia llegó, sí, con una absolución total años después, pero fue una victoria pírrica. La serie no elude el desenlace fatal: el impacto emocional y el estrés de la persecución judicial fueron el caldo de cultivo de un cáncer que acabó con la vida de Tortora a los 59 años. Una muerte prematura que la sociedad italiana aún siente como una responsabilidad compartida.

En conclusión, Bellocchio no hace prisioneros. En Portobello, utiliza la cámara como un bisturí para operar sobre el cuerpo social de Italia. Nos recuerda que la libertad y la presunción de inocencia son conquistas frágiles que pueden desmoronarse bajo el peso de un titular sensacionalista o un error judicial alimentado por el miedo. Una obra maestra que pone de manifiesto que, a veces, la realidad más cruda es el mejor material para el gran arte.