«A mis paisanos les digo que no dejen nunca de soñar, que La Mancha es universal si uno la lleva en el corazón», señala Muñoz
Es ésta una crónica sobre mi amigo Miguel Ángel Muñoz Morales, alcazareño enamorado del Citroën 2CV, para el que el mundo no tiene límites ni fronteras, y cual Quijote en su montura, Miguel Ángel dobla los caballos (2) y las distancias, yendo nada menos que hasta Australia (eso sí, pasando en barco y avión la mar océana), para enseñar, vivir y comer como lo hacía Don Quijote. Ir tan lejos a lomos de «2 caballos» tiene mérito. Y por eso queremos traerlo aquí, y felicitarlo ahora.
Hay quienes dicen que la caballería andante pasó de moda en el siglo XVII, pero claramente no conocen a Miguel Ángel Muñoz Morales. Este alcazareño de pura cepa ha demostrado, que los gigantes no sólo se transforman en molinos, sino que a veces las fronteras se rinden ante la tenacidad de un hombre, su fe inquebrantable y un motor bicilíndrico. Para Miguel Ángel, el mundo no tiene límites ni fronteras. Su Rocinante no es de carne y hueso, sino de chapa y carisma: un legendario Citroën 2CV.

DESPENSA CERVANTINA EN LAS ANTÍPODAS
En una gesta que habría hecho palidecer al mismísimo Cervantes y su Quijote… Según el poeta León Felipe nos traslada en su poema “Vencidos” de su libro Versos y oraciones de caminante (1920):
… Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
…
… Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino,
frente al mar…
Pues si a nuestro hidalgo, Barcino (Barcelona) le quedaba algo a trasmano, nuestro hidalgo contemporáneo decidió que La Mancha se le quedaba pequeña y puso rumbo a Australia. Cruzar el planeta a lomos de un coche (diseñado originalmente para que los campesinos franceses llevaran huevos por un patatar con toda seguridad), tiene un mérito que roza lo épico.
Por supuesto, la geografía manda, y para cruzar la «mar océana» hizo falta la ayuda de barcos y aviones. Pero el espíritu se mantuvo intacto: Miguel Ángel llegó a las Antípodas con un objetivo claro: enseñar, vivir y comer como lo hacía Don Quijote. Allá donde iba, no solo llevaba el motor de su Citroën, sino el aroma del queso, el eco de las llanuras manchegas, y la filosofía de vida de quien sabe que el camino es más importante que la meta.
Doblando los caballos de su montura (de los dos originales a una fuerza de voluntad infinita) y duplicando las distancias, ha llevado el nombre de Alcázar de San Juan a lo más alto. O al menos a lo más lejano…
El mérito de la bendita locura
«Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia.» —Cervantes.
En un siglo XXI obsesionado con la velocidad, la tecnología punta, y los viajes en avión de diez horas con aire acondicionado, lo de Miguel Ángel es una bofetada de romanticismo y autenticidad. Viajar en un 2CV a Australia no es solo un viaje físico; es una declaración de principios. Es elegir la lentitud para poder admirar el paisaje, la vulnerabilidad de la chapa frente a la carretera, y la conversación obligada con los curiosos que se detienen a mirar un coche que parece un juguete, pero que tiene el alma de un titán.
Tiene un mérito descomunal mantener viva la ilusión en un trayecto tan largo. Miguel Ángel nos demuestra que la verdadera aventura no está en el destino, sino en la mirada del viajero. Ha sabido exportar la esencia manchega —esa mezcla de realismo pragmático y locura soñadora— a la otra punta del globo. Ha comido «duelos y quebrantos» espirituales bajo el cielo australiano, y ha demostrado que, si se tiene el coraje suficiente, un utilitario modesto puede convertirse en la nave más poderosa del mundo.
Desde aquí queremos rendirnos a sus pies, y felicitar de todo corazón a Miguel Ángel Muñoz Morales. Gracias por recordarnos que los caminos se hicieron para caminarlos (o rodarlos); que las fronteras solo existen en los mapas y que, con un par de caballos y un corazón gigante, se puede conquistar el mundo. ¡Un brindis por el Quijote alcazareño! Llevando (no me pregunten cómo) productos manchegos para comerlos, vivirlos y beberlos… Ha sido toda una embajada de La Mancha de Don Quijote, a las antípodas australianas, a bordo no de uno, sino de dos caballos. Más vale que sobre…
El banquete manchego que cruzó el océano
Si cruzar el planeta a lomos de un Citroën 2CV ya parecía una empresa digna de los libros de caballerías, lo que Miguel Ángel Muñoz Morales llevaba en las alforjas (o más bien, en el maletero y los asientos traseros) eleva su hazaña a la categoría de leyenda. No pregunten cómo —porque los secretos de un hidalgo no se revelan—, pero este alcazareño logró plantar una auténtica embajada gastronómica de La Mancha, en pleno suelo australiano.
Allí donde los canguros y los koalas dominan el paisaje, Miguel Ángel desplegó el mantel y desató los aromas de nuestra tierra. No viajaba solo con recuerdos; viajaba con la identidad de un pueblo en conserva, en hatillo y en garrafa.
La expedición no escatimó en el menú. En los fogones improvisados al otro lado del mundo, se revivieron los platos que sostenían al ingenioso hidalgo y a su escudero: la huerta hecha arte con el pisto y el asadillo, el toque ahumado del tiznao, y la contundencia de los galianos (gazpachos manchegos), las migas y las gachas, que seguro dejaron a los lugareños australianos maravillados, ante tal despliegue de sabor y tradición.
La hora del dulce no se quedó atrás. La embajada incluyó el estandarte del mazapán de Toledo, la delicadeza de los mantecados manchegos y, como no podía ser de otra manera tratándose de un buen alcazareño, las inconfundibles Tortas de Alcázar, capaces de endulzar el viaje más largo.
Y para pasar los ‘duelos y quebrantos’ del camino, la bodega rodante de Miguel Ángel no defraudó. El vino manchego sirvió de base para dar vida a la cuerva, el zurra y la limonada, sin olvidar el toque mistérico del resoli conquense para cerrar las veladas bajo la Cruz del Sur. Una verdadera proeza logística y cultural.
«Más vale que sobre…»: La generosidad del hidalgo
«Los cuidados de los hidalgos se ahogan con el buen vino y la buena mesa.»
Hay una máxima muy nuestra, muy de La Mancha, que Miguel Ángel ha llevado hasta sus últimas consecuencias: «Más vale que sobre que no que falte». En un mundo donde todo se mide al miligramo y se viaja con lo justo, nuestro protagonista decidió que si se iba a hacer patria, se hacía con todas las de la ley.
El mérito de Miguel Ángel no es solo haber conducido «a lomos de dos caballos» hasta el fin del mundo. El verdadero mérito radica en su generosidad. Podría haber viajado como un turista más, comiendo lo que encontrara por el camino, pero prefirió cargar con el peso de nuestra cultura culinaria para compartirla, para vivirla y para enseñarla.
Comer unas gachas o beber una cuerva en Australia, preparados por un alcazareño que ha llegado hasta allí en un 2CV, es un acto de pura poesía. Miguel Ángel no ha sido un simple viajero; ha sido un embajador plenipotenciario de la cultura manchega. Ha demostrado que el espíritu de Don Quijote no solo se contagia con la mirada, sino también a través del paladar y de la alegría de compartir alrededor de una mesa, sin importar los kilómetros de distancia.
¡Salud y Gloria, Miguel Ángel! Si con el coche ya nos tenía ganados, con el menú nos ha conquistado por completo. Su viaje es el ejemplo perfecto de que con pasión, buen humor y una buena despensa manchega, no hay frontera que se resista. Veamos ahora una pequeña entrevista a Miguel Ángel Muñoz Morales, que viajó “De La Mancha a las Antípodas sobre Ruedas”.
UNA LOCURA CUERDA: EL QUIJOTE DE LOS DOS CABALLOS
El motor bicilíndrico ya descansa, pero el brillo en los ojos de Miguel Ángel Muñoz Morales sigue intacto. Nos sentamos con el alcazareño más audaz del siglo XXI para que nos cuente —entre risas y nostalgia manchega— cómo se gestó ¡la locura de plantar un Citroën 2CV y una sartén de gachas en las mismísimas Antípodas!
Pregunta: Miguel Ángel, la primera pregunta es obligada. ¿A quién se le ocurre irse a Australia a lomos de dos caballos y con la despensa llena de pisto y asadillo?
Respuesta: (Risas) ¡Pues a un alcazareño testarudo, a quién si no! Verás, la culpa la tiene Cervantes. Don Quijote salía a los caminos con lo puesto y una fe ciega. Yo pensé: «¿Y por qué no hacer lo mismo, pero cruzando la mar océana?». El 2CV es como Rocinante: no es el más rápido, pero tiene un alma que no le cabe en el chasis. Y lo de la comida… ¡hombre! Uno puede viajar al fin del mundo, pero no puede pretender cruzar el desierto australiano sin el sustento de unas buenas migas…
P: Hablando de la comida… No nos vas a decir cómo, porque es el secreto mejor guardado de la expedición, pero ¿cómo reaccionaban los australianos cuando abrías el maletero y sacabas gachas, tiznao, galianos y Tortas de Alcázar?
R: Al principio miraban el coche y luego me miraban a mí como si estuviera loco. Pero en cuanto encendía el fuego y empezaba a oler a pisto o a gachas… ¡amigo Sancho! Ahí ya no había barrera idiomática que valiera. Ver a un australiano de dos metros, de esos que surfean con tiburones, emocionarse comiendo un trozo de mazapán de Toledo, o mojando una Torta de Alcázar, es algo que no voy a olvidar en la vida. Al final, la mesa une más que los tratados internacionales.
P: Cruzar océanos en barco y avión, y luego devorar kilómetros por carreteras infinitas con un coche que tiene sus años. ¿Hubo algún momento en el que pensaras: «Madre mía, en qué patatar me he metido»?
R: ¡Muchas veces! Hubo momentos de calor extremo, donde pensaba que los mantecados manchegos se me iban a derretir antes de tiempo, o que el coche iba a decir «basta». Pero el 2CV es duro como una encina. Además, aplicaba la filosofía de nuestra tierra: «Más vale que sobre…». ¿Que subía una cuesta y le costaba? Pues paciencia, un trago de cuerva para refrescar el gaznate (con el coche parado, claro), y a seguir rodando. Las fronteras solo están en la cabeza de los que no se atreven a arrancar el motor.
P: Preparaste cuerva, zurra o limonada, y hasta llevabas resoli conquense. ¿Cómo sienta un brindis con vino de La Mancha bajo el cielo del hemisferio sur?
R: Sienta a gloria bendita. Hubo una noche estrellada en mitad de la nada australiana, con la Cruz del Sur en el cielo, en la que serví un resoli a unos lugareños. Les expliqué que venía de una tierra de gigantes y molinos. El contraste era mágico. Estábamos en las Antípodas, pero por unas horas aquello olía a Alcázar de San Juan, a vendimia y a sobremesa de las buenas.
P: Para terminar, Miguel Ángel. Has demostrado que para ti el mundo no tiene límites ni fronteras. ¿Cuál es la próxima locura? ¿Qué le dices a los que te miran con admiración desde Alcázar?
R: A mis paisanos les digo que no dejen nunca de soñar, que La Mancha es universal si uno la lleva en el corazón. Y sobre el próximo destino… bueno, de momento el 2CV se está ganando un buen lavado y un cambio de aceite. Pero te aseguro una cosa: donde haya un camino, una buena botella de vino manchego y ganas de aventura, allí habrá un «dos caballos» dispuesto a doblar las distancias. ¡Muchas gracias a todos por el cariño demostrado!








