La aerolínea de bandera española obsequió a León XIV con la única distinción que no figuraba en el protocolo: una avería irrepetible al pie de la escalerilla. Afortunadamente, el Rey tenía un Falcon con depósito lleno.
Todo estaba milimétricamente orquestado. Siete días de visita apostólica sin precedentes, 24 actos, cuatro ciudades, la Sagrada Familia, Cibeles, migrantes, cardenales, Bad Bunny —sí, también Bad Bunny— y una misa multitudinaria en el puerto de Santa Cruz de Tenerife ante millares de fieles emocionados. El Papa León XIV había completado la primera visita de un pontífice a España en quince años con la gracia de quien sabe que la historia le está fotografiando. Solo faltaba lo más sencillo del mundo: subirse a un avión y marcharse. Solo eso.
Iberia tenía otras ideas.
«El equipo de mantenimiento está tratando de resolver la avería, pero tardará bastante hasta que esté completamente solucionado.» — Comunicado oficial de Iberia, 12 de junio de 2026
A las 17:07 hora peninsular, el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, líder espiritual de 1.400 millones de personas, subió por la escalerilla del Airbus A320 Parque Nacional Picos de Europa —nombre que, en retrospectiva, suena más a destino perdido que a aeronave funcional— con la dignidad solemne de quien clausura un viaje histórico. El rey Felipe VI, que había venido expresamente desde Madrid para despedirle, observó con la mano sobre el corazón cómo el hábito blanco desaparecía detrás de la puerta del avión. Hubo un momento de emoción. Hubo lágrimas en algunas mejillas. Hubo fotógrafos capturando la despedida para la eternidad.
Y entonces los motores no arrancaron.
Silencio. El avión seguía donde estaba. El Rey seguía en la pista. Los periodistas dentro del aparato intercambiaban miradas. El comandante tomó el micrófono —ese instrumento que los pilotos usan para explicar turbulencias menores, no para inaugurar una crisis diplomática internacional— y comunicó que había «una incidencia técnica». Solución propuesta: remolcar el avión, darle la vuelta, ponerlo cara al viento, e intentar una nueva puesta en marcha del motor. En términos técnicos: empujarlo para ver si así. En términos existenciales: el Vicar de Cristo esperando que alguien encuentre el encendido.
⟶ MINUTO A MINUTO DEL SAINETE AERONÁUTICO
17:07 El Papa sube al A320 de Iberia. El Rey se despide emocionado al pie de la escalerilla. Todo parece perfecto.
17:20 El avión no ha despegado. El comandante informa de «incidencia técnica». Se propone remolcar la aeronave y girarla contra el viento.
~17:40 La maniobra fracasa. El fallo en el motor, probablemente agravado por el viento de cola, no se resuelve. Varios cardenales —incluido el Secretario de Estado Pietro Parolin— desembarcan.
~17:15 Iberia confirma oficialmente: problema técnico irreparable en el acto. Envía un avión de sustitución desde Madrid. Tardará al menos tres horas.
~17:30 El Rey Felipe VI —que no se había marchado, porque un Borbón con clase espera a que el avión despegue— sube al aparato, busca al Papa y bajan juntos por la escalerilla entre risas. La imagen da la vuelta al mundo.
~18:00 Rey y Papa aguardan juntos en la sala de autoridades del Tenerife norte. Se calcula «30 minutos de retraso». Optimismo ibérico en estado puro.
18:10 El Papa León XIV despega en el Falcon de la Fuerza Aérea Española cedido por el Rey. El A320 de Iberia permanece en tierra, probablemente reflexionando sobre sus decisiones de vida.
LA GEOMETRÍA DEL BOCHORNO
Permítanos recapitular la escena con la frialdad analítica que merece. La aerolínea de bandera española —la compañía que ostenta el honor de representar al país en los cielos del mundo— recibió el encargo de transportar al Papa. No a cualquier pasajero de la tarifa basic que lleva su maleta de cabina con el miedo en el cuerpo. Al Papa. Al representante de Dios en la Tierra. A León XIV, el primer pontífice americano de la historia, que acababa de pasar siete días bendiciendo España con una generosidad pastoral que haría llorar a las piedras.
Y el motor dijo que no.
No en la noche anterior, cuando habría dado tiempo a buscar alternativas con algo parecido a la dignidad. No durante el vuelo, donde al menos cabría invocar el protocolo de emergencias. No. En la pista. Con el Rey en pie a diez metros. Con cien fotógrafos apuntando. Con medio planeta mirando.
«Preparaos el desembarque porque el avión no puede volar.» — El comandante, con una brevedad que la historia recordará.
Un piloto de Iberia consultado explicó, con notable ecuanimidad, que los aviones que transportan personalidades VIP «reciben un tratamiento exquisito y se mira todo con una delicadeza especial». Iberia, en cambio, prefirió demostrar que la exquisitez tiene límites y que dichos límites coinciden, con matemática precisión, con el motor del A320 Picos de Europa.
FELIPE VI: EL REY QUE SE QUEDÓ
En toda tragedia bien narrada hay un héroe. Aquí, el héroe lleva corona y actúa por reflejo. Cuando el comandante anunció la avería, el rey Felipe VI —que había hecho el gesto protocolario perfecto de quedarse hasta ver despegar el avión— recibió la noticia y, en lugar de retirarse discretamente, hizo lo contrario: subió al aparato, encontró al Papa y bajó con él del brazo, con esa mezcla de naturalidad y elegancia que solo tienen quienes han aprendido a improvisar ante las cámaras desde la cuna.
Ambos descendieron la escalerilla conversando y con gesto relajado, como si salir del avión averiado del Vicar de Cristo fuera un plan perfectamente concebido para alargar la visita. Fueron juntos a la sala de autoridades —donde nadie esperaba que estuvieran— y pasaron allí un rato que no estaba en ningún protocolo pero que, previsiblemente, habrá resultado más revelador que cualquier reunión oficial.
Zarzuela, además, retrasó su propio vuelo de regreso para que el Rey pudiera quedarse con el Papa hasta el final. Detalle que dice todo lo que hay que saber sobre la diferencia entre una institución que cuida sus compromisos y una aerolínea que los subcontrata al departamento de mantenimiento.
El epílogo fue un gesto tan imprevisto como generoso: Don Felipe ofreció su propio Falcon —avión de la Fuerza Aérea Española, bien revisado, con motores en plena forma— para que el Pontífice pudiera regresar a Roma esa misma tarde. A las 18:10 hora local, León XIV despegaba rumbo al Vaticano. El A320 de Iberia permanecía en tierra, contemplando su propia irrelevancia.
UNA NOTA A IBERIA
La aerolínea emitió un comunicado explicando que el problema técnico «no podía ser reparado inmediatamente». Frase que, en el manual de relaciones públicas, figura bajo el epígrafe Cómo Reconocer un Problema sin Parecer que lo Estás Reconociendo. El comunicado no explicó, en cambio, qué el sistema de verificación previa permitió que un avión designado para transportar al Papa en España llegara a la pista con ese estado mecánico, ni por qué el equipo de mantenimiento necesitaba varias horas para un aparato que debía haber sido inspeccionado con, citamos textualmente a su propio piloto, «tratamiento exquisito y delicadeza especial».
Iberia, recordemos, es la aerolínea nacional española, fundada en 1927, con ingresos de 7.540 millones de euros en 2024 y beneficio neto de más de mil millones. No es una empresa en dificultades. No es una startup que aprende. Es la compañía que porta el nombre de la Península en el mundo desde hace casi un siglo y que, este viernes 12 de junio de 2026, hizo que el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica tuviera que mendigar transporte al Rey de España.
En el aeropuerto, mientras los técnicos de Iberia estudiaban el motor, el Jefe del Estado español y el líder de la Iglesia católica universal estaban sentados juntos en una sala de espera. La misma experiencia que Iberia ofrece a cualquier pasajero en escala. Solo que sin voucher de cafetería.
EPÍLOGO: LA GRACIA DEL PAPA Y LA INGENUIDAD DE LA ESPERANZA
León XIV bajó del avión averiado «con talante risueño», según describieron los periodistas presentes. Un hombre que dedica su vida a la misericordia universal no iba a perder la compostura por un motor mal afinado. De hecho, en la escena del Papa y el Rey descendiendo juntos entre risas hay algo que ninguna dirección de comunicación habría sabido guionar mejor: la imagen de dos personas que se caen bien, improvisan juntos y saben que, en el fondo, estas cosas pasan.
El Papa llegó a Roma esa noche. El Falcon real aterrizó en Fiumicino sin contratiempos, porque la Fuerza Aérea Española revisó los motores antes de volar en lugar de esperar a ver qué pasaba en la pista.
El A320 Parque Nacional Picos de Europa permanece, a la hora de cerrar esta crónica, en el aeropuerto de Los Rodeos. Quieto. Como corresponde a un avión que no despegó.
Iberia, desde el comunicado, no ha pedido disculpas al Vaticano, a la Casa Real ni al pueblo español. Pero en su defensa hay que decir que el motor del avión también sigue sin pedir disculpas, y al menos así guardan coherencia interna.
Nota: Iberia es una aerolínea con estadísticas de puntualidad razonables en condiciones normales. Lo ocurrido hoy no es normal. Y eso, precisamente, es lo que lo convierte en imperdonable.
